tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

7 feb. 2012

La respuesta.


   Durante años, la respuesta correcta de a quién quieres más, a Papá o a Mamá, era algo así como “a los dos igual”. Lo escandaloso, pensaba yo, no era la respuesta en sí, sino que se pudiera juzgar “lo respondido” en términos morales, que se afirmara que una opinión libre a partir de una pregunta tan relativa pudiera ser correcta o incorrecta.

   Tretas pedagógicas, supongo. Cuando se es joven, no sólo no se sabe nada, sino que apenas se sabe lo de que no se sabe. La madurez no es tanto el momento de saber como el tiempo donde empiezas a medir tu propia ignorancia. Y a pagar facturas. Y a perder pelo. Y a dejar de tener “ese tipín”.

   Madurar. Morir, al fin y al cabo.

   Y encadenar nuevas preguntas que nos encuentran buscando alternativas, eufemismos, requiebros, logaritmos con tal de no asumir la verdad, la realidad, la cosa.

   Porque la verdad duele, y a nadie le gusta ese dolor. El dolor duele, por eso la mentira. La actuación, la hipókrisis, la cívica piedad de lo correcto.

   Han pasado los años desde que en más de un tobogán me preguntaron a quién quería más. Han pasado los años, de par en par, como un ventanal de tiempo. Se han dejado pasar inútilmente, necesariamente, implacablemente, hacia el abismo.

   Y sigo sin respuesta.