tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

7 dic. 2017

Café Frida



Fuimos a comer al Café Frida, en el 368 de Columbus Ave. Habíamos estado comprando pantalones en una tienda cercana a Central Park. David había llegado el día anterior, yo regresaba el siguiente, y lo mejor que podíamos hacer era tomarnos un burrito.

   Recuerdo más detalles de la tienda de ropa que de la larga y minuciosa conversación de media mañana por Riverside. Hablamos de su tesis, de mi viaje, bromeamos, me remató algún cigarro. El sol iba y venía entre los edificios.

    Creo que nos atendió una camarera. La mesa era pequeña, de madera, y estaba pegada a la ventana. El hambre de la caminata hizo que engulléramos la comida. Probablemente bebíamos cerveza directamente de la botella cuando me soltó lo de "because youth is wasted on the young", que es algo que dijo quizá uno de esos irlandeses de los que decían cosas, quién sabe si Wilde o Bernard Show: a mí me lo apuntó David con un bolígrafo azul en la tarjeta de visita del restaurante. Era mayo, otro mayo más de palabras, mexicanos y cerveza.

   De entre el inexorable desorden de mi mesa de trabajo, entre calendarios y multas, una pegatina de Batman, el teléfono de radiotaxi y una foto de mi padre, sobrevive a la compulsión de las repentinas limpiezas aquella tarjeta garabateada por la atormentada caligrafía de mi amigo.


   La miro y no regreso tanto a Nueva York como al Madrid difuso y melancólico de nuestra adolescencia.



8 nov. 2017

El futbolín de Dani Rovira




Dani Rovira dejó de ser mi amigo la misma semana en que le pretendía regalar un futbolín.

                  Llevaba varios meses buscando el modelo ideal, escudriñando la red, hablando con gente, viendo opciones. Los más atractivos distaban mucho del precio que me podía permitir, los más económicos parecían de juguete. Por fin había dado con un modelo auténtico, de bar, con un monedero en pesetas, precioso, robusto, idóneo, definitivo. Estaba arrumbado en un garaje de Toledo, junto con algunos restos de un bar que naufragó por esa cosa de la crisis. El dueño notó enseguida mi encendido interés y me mangoneó bastante insinuando que había "otras personas interesadas". Tuve que llorarle un poco para que me hiciera una rebaja. La fecha pactada iba a ser el miércoles de la siguiente semana. El lunes haría el ingreso en la cuenta del tío, en el Banco Popular: la cosa iba a quedar en cuatrocientos veinte euros, portes incluidos. "Pero no lo subimos al piso, lo dejamos en el portal", dijo después de cerrar el trato. "Como quiera", resolví.

                  Pero al final nada de esto sucedió: dos días antes de la fecha en la que tenía que hacer el pago, mi amigo Dani Rovira me dejaba claro que ya no lo era. Me llevé un gran disgusto, pero me ahorré cuatrocientos veinte euros, portes incluidos. Os cuento:

                  Coslada, 3 de enero de 2009, las siete de la tarde. El programador de la zona, Miki Mundonoche, nos había juntado a varios para hacer una actuación benéfica en un centro cultural llamado "El rompeolas": había que sacar dinero para no sé qué.

                  Salvo Gustavo Biosca, que todavía sacaba rédito a su efímero personaje de "el cómico suicida", todos los del cartel éramos caras desconocidas. Éramos: tiempo después, tanto Hovik como Sara Escudero lograron despuntar, mientras que el otro cómico y yo seguimos manchándonos con el barro de las trincheras. Gustavo no pudo venir, y fue por eso, creo, por lo que llamaron a Dani Rovira.

                  En aquel momento, él no era ni de lejos la inevitable celebridad que es ahora. Tenía algún monólogo en Paramount Comedy, colaboraba en un programa de la tele, y hacía su buena cuota de bolos mensuales, como todos los que entonces empezaban a dedicarse en exclusiva a la comedia de stand-up. Yo, por mi parte, aunque llevaba un buen puñado de horas de escenario haciendo magia, era un recién llegado a lo de los monólogos. Por aquel entonces yo tenía 26 años, seguía dedicado al ilusionismo profesional, enseñaba Comunicación en la universidad y vivía con mis padres. Es decir: tenía pasta para aburrir.

                  Llevaba meses ya probando chistes en las actuaciones de algunos de mis amigos, yendo religiosamente a cada sesión del recién nacido Madrid Comedy Club, y escribiendo cosas nuevas. Aquella iba a ser la primera función en la que yo actuaría exclusivamente como monologuista, al desnudo, sin la protección de una baraja... pero no me atreví.

                  El programador decidió que yo sería el presentador de la gala, y me pareció prudente ir alternando algunos de aquellos chistes primerizos con efectivas e hilarantes rutinas clásicas de magia, como la de las bolas de papel de Slydini. La cosa fue bastante bien.

                  En la cena de después, Rovi –que así es como se le llama en el mundo de la comedia– se sentó junto a mí, o yo junto a él, o coincidió; el caso: nos pusimos a hablar. Alabamos nuestras respectivas intervenciones, le confesé que era mi primera vez, me insistió en que le costaba creérselo, etcétera. Una enorme pieza de solomillo con verduras se enfriaba en nuestro plato mientras alternábamos anécdotas, bromeábamos con los concejales que nos acompañaban o comentábamos lo buena que estaba no sé quién. Luego fuimos a Green a beber cubatas, intercambiamos nuestros móviles, surgió lo de después.

                  Lo de después fue una vertiginosa y limpia amistad, de esas de llamaditas, mensajes y cenas, la desesperación de no saber hacia dónde tirar, la risa, los proyectos y la compañía. El consuelo y el desahogo de practicar comedia de improvisación en una enorme sala blanca, The Milk Studio, en esos meses difíciles en los que mi padre estaba tan enfermo.

                  Recuerdo con cariño cierta ocasión en la que cenamos en mi casa, la de Argüelles, la de Benito Gutiérrez 9: yo ya me había independizado. Dani –porque yo nunca le llamaba Rovi– se presentó con una botella muy delgadita de tinto. Era entre semana.

                  Estuvimos hablando hasta muy tarde. Me contó su intención de montar todo un espectáculo a partir del chiste ese del portero de puticlub que no sabía escribir (efectivamente, aquel espectáculo se tituló Quieres salir conmigo, y fue donde le descubrieron las directoras de casting de Ocho apellidos vascos). También recuerdo estar recuperando anécdotas de los años en los que fuimos monitores de campamento, de las barbaridades que se nos ocurrían para la típica "noche del terror". Poco después de irse para su casa me mandó un mensaje al móvil intolerablemente bonito, abrumadoramente entrañable, sobre lo mucho que valoraba nuestra amistad. Le creí.

                  Fue en otra de nuestras cenas, esta vez en su casa, en la calle de Sebastián Elcano, aquel abuardillado dúplex de bohemio, en la que le solté mi clásico rollo de que mi sueño es tener una casa en el campo, aquello de Cicerón de "un pequeño jardín y una biblioteca, no necesitas más", a lo que yo añadía lo de la conexión a internet, una gran chimenea, y una barbacoa. "Y un futbolín", remató: me quedé con la copla.

                  Rovira, que tiene tres años más que yo, me parecía que era una especie de conexión entre mi hermano mayor y yo, un compendio de todo lo que nos distanciaba y nos unía por ese ramalazo suyo de deportista puro, sano, razonable, con esa responsable practicidad de Renault Scenic y esa sensibilidad de cuentacuentos malagueño que germinó en Granada, la evolución saludable de un muchacho de barrio al que sus padres habían sabido educar, un tipo que sabía lo que era compartir litera con sus hermanos, ahorrar dinero, ilusionarse. En cierto modo, nuestra amistad era mucho más fraternal que profesional. Me costaba recordar, en ocasiones, que lo nuestro era el mundo del espectáculo, al que llevo dedicándome unos quince años, y al que en ocasiones siento tan ajeno.

                  Mucho tiempo después, coincidió que yo estaba en Barcelona, en casa de Mag Lari, y él venía a actuar. Seguía sin ser una megaestrella de la comedia, pero su nombre empezaba a ser bastante conocido, y aquella actuación estaba a rebosar. Nos juntamos después y me propuso que le acompañara a una actuación que tenía al norte de Cataluña, en la Costa Brava, que así podría verme actuar Jordi 600, su representante, y podría empezar a trabajar con él. A Lari no le hizo mucha gracia que me fuese, pero entendió que era una oportunidad, y la aproveché.

                  Al día siguiente quedamos en Sants, en el puestecito de prensa donde venden tantos DVDs: compré un par de películas de Chaplin. Pillamos un cercanías y coincidimos con la que era su nueva novia entonces, Lorena, que acababa de ser Miss Barcelona: Dani empezaba ya a ligar como famoso.

                  En Badalona, creo, nos recogió Jordi con un enorme Mercedes oscuro. Le acompañaba su hermana Olga. Dani, Lorena y yo íbamos detrás. Llovía.

                  El viaje fue larguísimo. Era la época en la que Twitter empezaba a ponerse de moda, y nos pasamos todo el camino participando en un hashtag sobre juegos de palabras con los apellidos de la gente, del tipo "Carlos siempre pide menos patatas, y Artur Mas". Hicimos mil, es decir, entre treinta y cuarenta. Hicimos muchísimos. Hicimos demasiados.

                  Durante el viaje, Dani y yo teníamos tanta sintonía que recuerdo pasarlo mal pensando en lo fuera de lugar que estaban todos los demás, inconsciente u olvidadizo de que, quizá, el que estaba fuera de lugar era yo. Uno de mis mejores amigos es el modelo Javier de Miguel, y yo me sentía como cuando voy con él a alguna de esas fiestas de súper guapos (y altos) en la que dejan que le acompañe uno de sus amigos feos (y graciosos) de la infancia. Entre Rovira, el exitoso cómico de directo, y Lorena, la preciosa miss, yo era un poco como la mascota inofensiva y entrañable de esa época oscura de la biografía de un monologuista en la que actúas en donde sea, como sea, y a cambio de muy poco.

                  Paramos a tomar algo en Cadaqués, me pareció precioso. Pedí setenta euros a Dani porque estaba sin blanca y quería invitar a todos para quedar bien con el representante. Me los dejó. Invité. Seguí sin blanca.

                  Por fin llegamos al sitio de la actuación. Era una terraza al aire libre llena de gente hablando, es decir: el horror, el horror. Pensé que menos mal que yo no tenía que actuar allí. La situación era muy adversa. La cosa tenía mucha pinta de que iba a salir fatal.

                  Y no, oye: para nada. Aquello fue un reventón en toda regla, un golazo de actuación. Creo que fue la vez que mayor admiración sentí por mi amigo, por su delicado dominio de la situación, el ritmo vertiginoso con el que iba acumulando carcajadas, la apabullante energía con la que parecía comerse a ese publico difuso, veraniego, desperdigado, desatento, desprevenidos completamente del torrente de comedia que se les venía encima. Fue espectacular.

                  Sin embargo, Dani estaba raro. En el descanso decía que era porque había gente que le estaba grabando, que de qué van, que qué se creen. En la segunda parte me dediqué a ir, uno por uno, llamándoles la atención. Al terminar, seguía molesto. Yo no entendía por qué.

                  Nos hicimos el viaje de vuelta del tirón. La típica paliza nocturna de monologuista de carretera. Esta vez yo iba en el asiento del copiloto, y Dani y Lorena creo que iban dormidos mientras Jordi y yo hablábamos de cosas, no recuerdo de qué.

                  Me dejaron en un piso que tenía Lari alquilado por la zona del Nou Camp (él vivía en Tárrega), y me dormí enseguida. (En realidad no me dormí enseguida: me puse un par de capítulos de unos DVD que había en la casa, la serie completa de El ala oeste de la Casa Blanca, pero he pensado que este dato es irrelevante para nuestra historia. También el dato de que aquel piso franco para dormir en Barcelona los días que Lari terminaba tarde y tenía que estar temprano en algún sitio, lo compartía con otro amigo suyo, y que este tipo llegó por la mañana y yo me hice el dormido y esperé a escuchar la ducha para largarme, porque me daba vergüenza. ¿Veis como no era relevante? Os lo avisé.)

                  Al día siguiente, a sabiendas de que Dani se iba con su amigo Dani Martínez a actuar a Jaén, y puesto que me daba un poco de lástima que Lorena se quedara sola, le dije que iba a ir con gente a ver La noche Abbozzi, el espectáculo de un buen amigo (Antonio Díaz, que luego sería El Mago Pop) en el Teatre Neu. Me dijo que le dolía la tripa. Ahí quedó la cosa.

                  Pasé bastantes semanas sin saber nada de Dani, lo cual era bastante raro. Mandé varios mensajes, e incluso hice algunas llamadas. Nunca contestó. Me extrañé y traté de resistirme a hacer lo que finalmente acabé haciendo: llamar desde otro número.

                  Descolgó.

                  Dani, soy Dani, dije. No quiero hablar contigo, y ya sabes por qué, o algo así contestó. Yo no sabía por qué. Seguimos hablando un rato en esos términos, no recuerdo muy bien exactamente cómo. Por fin accedió a hablar: la cosa iba de que yo había estado tonteando con su novia, tralarí, tralará. Yo aluciné, primero, y, molesto por tener que hacerlo..., lo negué, después. Insistió. Insistí. Me cagué en Dios. De todas las películas que me había montado en la cabeza para tratar de adivinar el motivo aquel silencio telefónico de semanas, de aquella opción no había ni siquiera un mísero eco, ni la más remota de las posibilidades, nada. Él no lo veía así. Me dijo que no me encebollara (usó esa expresión), que no insistiera, que ya me llamaría él, que quizá un día vendría a pedirme perdón porque se había equivocado y yo tendría todo el derecho a pasar de él. Yo no entendía nada. Colgó.

                  Era sábado, dos días antes de aquel lunes en el que yo tenía que ingresarle la pasta al tipo del futbolín. Le llamé por la mañana a decirle que me venía mal, que estaba interesado pero que tenía que esperar. Refunfuñó. Me increpó. Se enfadó.

                  Meses después, en Valencia, Dani y yo coincidimos en ese templo de amistad y comedia gourmet que era la inefable sala Ópera de Javier Alastrué. Y Paz Regis. Y Raquel. Y todos los demás. Nos saludamos tímidamente, o quizá no: no lo recuerdo bien. Estuvimos ahí, de pie, hablando con unos, con otros, qué sé yo. El corazón me latía como si me hubiera encontrado con una exnovia en el examen del carné de conducir la misma noche de Reyes. La cabeza me iba a reventar. Ni siquiera era capaz de escuchar nada de lo que me contaban los demás: vigilaba de soslayo a Dani por ver si buscaba complicidad, por si hacía algún ademán, el inequívoco gesto de venir a darme un puto abrazo.

                  Pero no.

                  En un momento dado vi que se iba al baño. Necesitaba zanjar aquello de una vez, por lo que, como un puto loco, me aposté en la puerta para interceptarlo. Y así fue.

                  Hablamos. Hablamos mucho. Pormenorizadamente. Hablamos hasta sangrar. Rememoramos la noche aquella, en la que yo iba en el coche haciendo chistes y acariciando el brazo de Lorena, y yo deseaba que hubiera un vídeo de todo aquello, el típico vídeo de una cámara de seguridad que demostrara que no era cierto, que se le había ido la olla, que aquella crisis era en realidad una estupidez. Me dijo que me conocía perfectamente, que sabía cómo era yo con las chicas, que somos iguales y que aquella noche, si hubiera podido, me hubiera acostado con su novia. Respondí que, aunque me resultaba bastante incómodo escucharle reconocer que, de algún modo, él se acostaría con mi novia, aquello era falso. Me dijo que le había pasado con otros dos amigos, y que había aprendido a descubrir quién era gente fiable, leal, y quién no. Señalé lo absurdo que era que esta historia se hubiera repetido con otros dos, que, la verdad, me dan absolutamente igual, y fui claro: "teníamos una relación en la que, si hubieras entrado en una habitación y me encontraras en la cama desnudo con tu novia, y yo te dijera: sal fuera, ahora te explico, tendrías que haber salido fuera y haber esperado una explicación razonable a todo eso, y no esta mierda de retirarme la palabra sin darme la más mínima explicación, en un acto desorbitado de desconfianza y profunda deslealtad", o algo así argumenté. Me dijo que sintió ganas de darme una hostia. Confesé que ojalá lo hubiera hecho, y me hubiese enterado de qué estaba pasando en ese momento, y no tantos meses después, y de manera apresurada y absurda. Y cosas así: no recuerdo mucho más de aquella conversación de cuatro horas en la puerta del baño de Ópera, pero sí que terminé con la sensación de que la cosa parecía estar arreglada, que algún día nos reiríamos de aquello, que habíamos retomado la amistad.

                  A la salida, ya camino del hotel, nos despedimos. Le mandé un mensaje al móvil con una sola palabra: "gilipollas". En plan bien. En plan nosotros. En plan jijí jajá. En plan lo que me has hecho pasar, hostia. En plan no te guardo rencor, pero qué mal rato. En plan maldita sea. En ese plan.

                  No respondió. Ya nunca respondió. Ningún mensaje. Nada. Hace ya varios noviembres que ni siquiera le felicito por su cumple.

                  Luego ya le vino lo del éxito rotundo, la gloria, la rovirización de España. Al duelo de la amistad difunta, la omnipresencia del fenómeno de masas en el que se convirtió. La peli, el Goya, los Goya, las pelis. La polémica aquella de las fotos en El Hormiguero, donde se demostró la poca altura de miras con la que el público insensible recibe un destello de frágil honestidad en medio del ruido de la fama. Sus movidas.

                  Han pasado los años y ahora todos los que hacemos reír somos un poco más graves y más viejos. Me pregunto si aquel titán de los escenarios que encandiló a todo un país interpretándose a sí mismo en la película más taquillera de nuestro cine consiguió finalmente aquel futbolín auténtico, contundente, con un monedero de pesetas, o si la historia se detuvo al tiempo que nuestra amistad, en medio de ese remolino confuso y extraño que son, en ocasiones, las relaciones humanas.
                 



                           Dani Rovira, Hovik, Sara Escudero, Danny Boy y yo, el 3 de enero de 2009, en El rompeolas de Coslada.

12 oct. 2017

Ni idea de nada.


Para todos a los que os debo mi catalanofilia, que es una palabra muy fea que significa algo molt macu.


NI IDEA DE NADA, oquei. Ahora bien: con lo patológicamente insensible que soy para este tipo de pasiones (y lo prudentemente ajeno a sus batallas), pienso que esta crisis, y sin apenas darme cuenta, me ha removido un poco las entrañas, que es un modo metafórico de hablar de la tristeza. 

Y no sé exactamente por qué, pero sospecho que una parte de culpa la tiene lo mucho que me gusta lo poquito que he vivido Cataluña (esos lugares a los que uno no va, sino en los que uno es, y está), lo mucho que admiro y quiero a algunos amigos que, Y QUÉ COÑO IMPORTA, son de allí (iba a decir algo así como que los amigos de uno no forman parte de un espacio geopolítico, sino de la propia identidad, de esa constelación de afectos y narraciones que dibujan la propia biografía), la de abrazos y derrotas de las que fueron testigos. 

Y lo de pensar en la cotidianidad de ese desgarro al que, quieran o no, andan expuestos, en ese jaleo de noticias y conversaciones, rifirrafes familiares, esa nube de crispación y cansancio, esa MOVIDA..., y con todo lo cínico que soy para cualquier cosa, ojo... me pone, en algún sitio que no detecto ni sé cómo esquivar... algo tristón. 

"Ya, pero es que nosequé", dirán algunos. Algunos dicen cualquier cosa, pero no voy por ahí, voy a lo de que uno, que aunque ni por asomo sea capaz de confundir personas con lugares, ni le da demasiado crédito al discurso de la distinción y la pertenencia, intuye que ahora al castell de Montjuïc le ha crecido una almena, que el sol que atraviesa los árboles de la Diagonal, esquina Pau Claris, brilla un poquito más despacio, que en la sala Luz de Gas hay algún aplauso dividido. Ese tipo de mierdas. 

Ojalá pase pronto esta deriva y nos encontremos todos en ese verso de Luis García Montero: "vivir es ir doblando las banderas".





9 oct. 2017

Visite nuestro bar.

Debajo de mi casa han abierto un bar, y lo han llamado "El intolerante". Para el rótulo han optado por una tipografía sencilla, en caja alta, con letras negras sobre fondo gris.

A través de las cristaleras vemos que es un local de aspecto normal: una barra, varios taburetes, sillas sin apoyabrazos y mesas con servilletero. El baño, al fondo a la derecha, junto a la máquina de tabaco, debajo de la tele. "El intolerante" es el típico bar.

La clientela es de lo más variada: expertos en política internacional, catedráticos de fútbol, policías de la moral, atalayas vivas de la ética kantiana. La barra es un auténtico jardín de heterodoxia en el que todos han leído el Quijote, conocen al milímetro la Historia de Occidente, dominan la gramática de su lengua mejor que cualquier académico (o incluso todos), y saben a quién votar.

Todo el mundo es siempre bienvenido para vaciar unas jarras de cerveza y despreciar a los demás, para enarbolar banderas excluyentes y blandir el tenedor de postre de la certeza, para acumular motivos para el odio entre aceituna y aceituna. Puede entrar cualquiera, desde el ingenioso progre que solo acepta las ideas afines a las suyas hasta el banderillero rancio que se adhiere a causas que no comprende del todo con la pretensión de no sentirse solo; desde el barbilampiño fachilla de garrafón que habla dando voces porque sospecha que su entorno ha dejado de escucharle hasta el desgreñado modernísimo que necesita escupir las cuatro ideas que ha entendido de la contraportada de un ensayo de Lipovetsky.

Puede uno decir lo que le venga en gana en el bar "El intolerante". Tergiversar las causas, simplificar las razones, opinar sobre todo aquello que no conoce en profundidad, aleccionar al personal, insultar sin motivo, hablar de cualquier cosa como si las ideas te las susurrase Dios al oído, ser condescendiente, inventarse un poquito las cosas, emplear expresiones grandilocuentes y desbordantes como 'democracia', 'estado de derecho', 'legislación', 'corrupción', 'libertad', y, entre tapa y tapa, revelar a los demás la verdad absoluta.

Lo único que no se permite es escuchar a los demás. El diálogo prudente y generoso está muy perseguido.

"El intolerante" está de moda, y todo el mundo está invitado. Visite nuestro bar.

16 dic. 2015

El voto es secreto.

Nunca supe a quién votaba mi padre. Era de los que, cuando le preguntabas, te decía lo de que «el voto es secreto». El viejo letrado, que había participado activamente en política durante el otoño del franquismo, probablemente se lo tomaba muy en serio, aunque en mi caso lo que creo es que lo decía para chincharme. Y lo conseguía. Y no es que yo le preguntara porque nunca he tenido muy claro a quién votar y quisiese aprovecharme de su criterio, afinado a lo largo de los años por su incansable consumo de columnas de opinión, editoriales, ensayos, memorias políticas e historiografías, sino por simple curiosidad, por el cotilleo, por morbo. Por decir a mis amigos: «pues mi padre vota a estos». Hacía bien en callarlo.

Ser un ignorante no se improvisa, y yo, por aquel entonces, ya apuntaba maneras. Sin embargo, en lo que sí que fui extrañamente precoz fue en lo de disfrutar con la oratoria política. Toda mi familia se reía de mí cuando grababa los debates televisados en una cinta de VHS, y enseguida me empezaron a considerar el fachilla de la casa, porque sentía cierta debilidad por Gallardón. «Felipe González también me parece buenísimo», me trataba de defender. Pero no colaba. El caso es que Gallardón era el mejor. Todavía recuerdo algunas de sus intervenciones en un debate sobre el estado de la comunidad en  las que, uno a uno, se iba cepillando a todos los que trataban de cuestionar su legislatura.  Su chorreo de datos y chascarrillos, el manejo de la cinésica, las apabullantes pausas dramáticas justo antes de aplastar a Cristina Almeida con alguna frase lapidaria. No había rival. Incluso cuando atacaban sus debilidades conseguía revertirlo y convertirlo en una victoria: le acusaban de ambicioso y defendía aquello de que en política solo se está para gobernar, que nadie está aquí para hacer oposición, porque la política es el arte de transformar la realidad. «El día que llegue a mi despacho, mire por la ventana y piense que está todo bien, dejaré la política», decía. Y lo decía muy bien, con esa voz grave, de hombre de estado, como de legislador, pero con un matiz de afectación dramática, de emocionado confidente que cree a pie juntillas lo que dice, con la seguridad de que su discurso generaba votos, mayorías y gobierno. 

Recuerdo un día que llegó mi padre a casa y dijo: «Pobre Danielito, que no va a votar a Gallardón», y claro, yo siempre entraba al trapo: «Uy que no, claro que sí». «No, porque tú estás empadronado en San Sebastián de los Reyes»: mi padre siempre me chinchaba.

Han pasado los años, y sigo disfrutando de un debate más que de un concierto de los Stones; pocos discursitos en una serie de televisión me han conmovido tanto como los que urdía el mítico Aaron Sorkin en El ala oeste de la Casa Blanca; cuánto me gusta tragarme una y otra vez algunos de los momentos fulgurantes de la primera campaña de Barack Obama: sus contestaciones a Hillary Clinton en las primarias, y el épico discursito del 8 de enero de 2008, en New Hampshire, al ritmo del yes we can. Me dio pena cuando Gallardón dejó la política, porque me hubiese encantado ver algún día un cara a cara entre el ex alcalde y Pablo Iglesias: dos titanes de la oratoria. Eso sí que habría sido épico, mejor que el Aznar - González del noventa y tres. Mejor que el Tyson - Holyfield del noventa y seis. Mejor que cualquier partido de Michael Jordan.

Han pasado los años, decía, y sigo sin saber a quién votar. Desde luego, el hecho de que me gustara la oratoria gallardoniana no significa que mis ideas tengan sintonía con el Partido Popular: la afinidad estética no implica ideología. Hace poco, para la Comunidad de Madrid, lo tuve claro: con tres de los candidatos tenía mucha afinidad. El que no era uno de mis poetas de cabecera (García Montero), había compartido conmigo varias aventuras académicas (Gabilondo) o me parecía una oradora excepcional (Cifuentes). ¿A quién voté? Secreto.

Tampoco es muy sensato basarse en el resultado de los debates para decidir el voto, teniendo en cuenta que todo debate es un ejercicio de retórica y persuasión que no depende tanto de ideologías o proyectos electorales como del ejercicio preparatorio de un equipo de profesionales que analizan los resultados de los sondeos, elaboran marcos de pensamiento y planean estrategias. Independientemente del partido con el que uno se sienta más identificado, ¿quién hubiera dicho que Sánchez, después de sus patinazos en los debates anteriores, iba a conseguir sacar de sus casillas al desgastado e impasible Rajoy? No fue un maleducado, el candidato socialista, sino un victorioso profesional que supo golpear en el momento y en el lugar apropiado delante de nueve millones de televisores. ¿A qué, si no, viene lo de que el debate lo ganó la responsabilidad, al tiempo que lanza esa sonda derrotista del posible pacto con Ciudadanos? Si algo sabe el Presidente fue que perdió su debate. Como aquel desencajado González del noventa y tres a quien se merendó el neonato Aznar que salió a por todas porque no tenía nada que perder.

El otro día, uno de mis mejores amigos me dijo que mi hermano pequeño también dice eso de que el voto es secreto, y no suelta prenda: nos lo aprendimos bien. Mi amigo, que es un tipo pragmático y cerebral, no cree que tenga sentido ya esa premisa, sin embargo he descubierto que no decir ni pío me da cierta libertad para escuchar, leer, discutir y cuestionar a todo el mundo sin el sambenito de alguien chinchándome como si fuera el fachilla de la casa. Es gracioso, porque según el ámbito en el que preguntes habrá quien me considere como en mi familia, o habrá quien defienda que soy un incorregible rojillo. Si uno se basara en los chistes que meto en mis actuaciones, no creo que lo tuviera más claro: tener una exnovia socialista me legó muchas bromas en esa dirección, sin renunciar a lo fácil que es meterle goles a los titulares del equipo popular.

Lo que sí tengo claro es lo que estoy disfrutando últimamente con todo lo que gira en torno a las elecciones: editoriales, columnas, debates y charletas. Se vote a quien se vote (se piense lo que se piense) sí que creo que la deuda que tiene el votante con la labor de Podemos resulta impagable. No creo que el voto deba ser un premio, pero ¿quién niega que ahora la política es un poquito más saludable gracias al azote de Pablo Iglesias?


Con todo, cada vez veo más claro a quién voy a votar. Me siento más tranquilo cuando pienso que a lo mejor es lo mismo que votaría mi padre. En todo caso no se lo pienso decir a nadie, me merece la pena ese pequeño sacrificio de vanidad electoral a cambio de la libertad que me da que nadie sepa: la información está ahí para cualquiera y, además, el voto es secreto.


12 ago. 2015

Isla de Java

   Cuando entré en mi coche con la caja de la pizza y la puse sobre el asiento del copiloto, todavía no había oído hablar de la calle Isla de Java.

   Llevaba una semana complicada de reunioncitas y cachivaches, acababa de salir de una actuación en Carabanchel y pensé que aquella cuatro estaciones familiar recién hecha sería la solución a todos los problemas. Incluso puse el calefactor en el asiento para que no se enfriara. Creo que nunca había deseado tanto llegar a casa para comerme una pizza. Era domingo, serían cerca de las once de la noche y no paraba de llover.

   Arranqué, conduje por unas calles, me paré en un semáforo. Fue entonces cuando ocurrió: el disco se puso en verde, aceleré, y giré el volante cuando vi que un coche gris iba directo hacia mí. Frené. Creo que llegué a pararme. Por un segundo pensé que el otro coche también se detuvo. Sentí cierto alivio por creer haber evitado el accidente cuando noté el brusco impacto en el lateral derecho. Recuerdo que salió humo del motor. A través de la ventanilla pude ver cómo al otro se le activó el airbag. Me quedé bloqueado, en medio de aquel cruce, temiendo ya que toda la gestión que se me avecinaba me llevara a tomar la pizza fría. Bajé del vehículo y le pregunté al tipo del otro coche que qué hacíamos. Él gritaba. Me gritaba. No recuerdo lo que me decía, pero estaba muy enfadado, así que pensé que la culpa había sido mía. Pensé que si la culpa había sido mía estaba bien que me tocara comerme la pizza fría. Continuó gritándome cosas cuando se metió en su coche. Pensé que era para quitarlo de en medio de aquel cruce, y no me fijé ni en la matrícula cuando, para mi sorpresa, se dio a la fuga. Había mucha gente alrededor, y pregunté si alguien se había fijado en la matrícula: nadie. Pero uno me dijo que había visto que el otro se había saltado el semáforo. No sabía qué hacer: llovía mucho, estaba en medio de un cruce, y el coche tenía muy mala pinta. Me metí dentro, di marcha atrás para que no estorbase, y en ese momento apareció un coche patrulla de la policía nacional. Que qué ha pasado, dijeron. Les conté. Que se había dado a la fuga, y que no recordaba ni el modelo ni nada. Que se había ido por ahí, les dije. Fueron tras él. Cerré la puerta del vehículo y saqué el móvil para llamar al seguro: hablaba con la centralita mientras miraba la pizza a través de las gotas que se deslizaban por la ventanilla.

   Llegó un nuevo coche de la poli. Se bajaron. Les conté: tomaron nota. Entonces vino corriendo por la calle un tipo negro (el dato es meramente descriptivo, no quiero decir por esto que llegase antes) (o que la tuviera más grande) (que supongo que sí) (pero, ya digo: es solo una conjetura) (una muy grande) (jeje), y nos dijo que el coche estaba parado al otro lado de la calle. Los policías empezaron a correr hacia donde les decía el tipo (negro, ya digo), y yo, por no quedarme solo, me puse a correr junto a ellos por la acera, con toda la gente mirándonos correr a dos agentes de la policía, a un tipo negro (el otro) y a otro no demasiado bajito y, en ocasiones, hasta guapo: me refiero a mí. Íbamos corriendo y yo me sentía como si fuéramos de la misma pandilla, como si tuviésemos un plan. Qué hacemos cuando lleguemos, pregunté entre jadeos. No recuerdo lo que me respondieron, pero sí que no aguanté mucho más: "mejor me vuelvo al coche, por si acaso", me justifiqué. Y dejé de correr. Y me giré. Y me volví a mi coche: había otro patrulla.

   Les contaba, mientras llegaron los primeros policías, los que se habían ido a buscar al fugado. Junto al coche vacío de los dos policías que se habían ido corriendo, los dos que acababan de llegar y el primero que llegó, que se fue y venía ahora de no haber encontrado el otro coche, se plantó un cuarto patrulla que decía que, desde lejos, había visto cómo el otro se había saltado el semáforo.

   Eran cuatro los vehículos de la policía nacional que rodeaban mi coche cuando apareció el primero de los municipales. Luego vendría una furgoneta de atestados, otro municipal y una ambulancia: ni las mejores noches en la discoteca Kapital recordaba haber visto yo tantas lucecitas. Allí solo faltaban dos tipos trajeados y con pinganillo bajándose de un todoterreno de cristales oscuros preguntando quién está al mando. "Pues no creo que haya pizza para todos", pensé en algún momento de la noche. De momento, ni siquiera la había para mí.

   Para mi sorpresa, uno de los polis me reconoció de Paramount Comedy. "Ahora se llama Comedy Central", o algo así, le dije: el hambre me había vuelto corporativo. Seguía lloviendo, yo quería irme a casa, y mientras que uno me tomaba los datos, otros dos agentes se dedicaron a calentarme la cabeza con un ramillete completito de topicazos sobre comedia: que si el que sí que es gracioso, que si ese tío está loco, que si mi primo valdría para cómico, que si no te ha pasado alguna vez. ¿Te importa que nos hagamos una foto?, me dijo. El tipo tenía una pistola, una porra y muchos amigos: las que quieras, respondí.

   Me recomendaron que activara el protocolo de nosequé, que así vendría una ambulancia, y que para activarlo tendría que someterme a un test de alcoholemia. "Espero pasarlo", bromeé. Vino la ambulancia, y una chica joven y, quiero recordar, muy atractiva, me preguntó si tenía alergia a algo. "A los accidentes de tráfico", respondí. Un de los policías lo escuchó, y se lo contó al resto en plan "mirad qué tipo tan gracioso". Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla.

   Estaba contando la historia a unos amigos por WhatsApp cuando me hicieron la prueba de alcoholemia: cero, cero. Me informaron de que el otro conductor había dado positivo, que yo había sido víctima de un delito, y me contaron varias cosas que ya no recuerdo. Sé que me encontré al otro conductor al bajar de la furgoneta de atestados. Sé que me dio miedo. Sé que otro municipal se puso a tomar nota de todo, y que los nacionales se fueron. Sé que pasó bastante tiempo hasta que llegó un coche de mi compañía de seguros que me llevó a casa. Con la pizza. Fría. Que calenté en el microondas. Y me la comí.

   Mi coche fue a parar al número 7 de la calle Isla de Java, al taller oficial de la casa Mercedes, y tuve que esperar varios meses hasta que pudieron peritarlo, porque el informe del atestado estaba perdido por algún lugar del misterioso proceso que va desde el momento del accidente hasta el juicio rápido: hasta el jucio "rápido". Nada diré sobre las artimañas del seguro para no arreglarme el coche, de cuando, desesperado ya por tanta espera, decidí aceptar la miserable cantidad que me ofrecieron y de cómo fui sondeando a distintos desguaces para ver quién me ofrecía más dinero. Pero sí que recuerdo perfectamente la impotencia que sentí cuando, al ir a vender el coche y abrirlo, en el propio taller oficial de la casa Mercedes-Benz, me encontré con que me habían robado la radio. "Vete a saber", me dijo uno de los mecánicos, "por aquí pasa mucha gente". "¿Y cómo sabemos que cuando vino traía la radio?", añadió otro. De la inefable conversación con uno de los jefazos, y de su insinuación de que si les denunciaba me iban a cobrar los meses que el coche había estado en el taller, prefiero no dar detalle. Afortunadamente, otro de los tipos, que hacía el seguimiento de mi coche, me dijo que sabían lo del robo, que me habían pedido otra radio, y que les disculpara.

   Después de un largo etcétera de dimes y diretes, con el coche vendido, y tras varios meses usando el transporte público, pensé que lo mejor era comprarse un coche barato de segunda mano, que gastara poco, que fuera cómodo para viajar y que no me importara nada aparcarlo en la calle. Me compré un volskwagen passat variant bastante antiguo, cuyo antiguo propietario era un mecánico, por lo que el motor estaba como nuevo. El problema era que la radio no tenía el código, y había que ir a la casa oficial para que la desbloquearan. ¿A dónde?, podría preguntarse mi lector. La respuesta empieza a ser evidente: al número 1 de la calle Isla de Java.

   La mañana que fui a coger la moto para acercarme al concesionario a por el nuevo coche viejo me encuentro con que no está. Dudé unos instantes: ¿la aparqué en otro lado? Entendí que el ruido que escuché desde mi ventana hacía apenas media hora, y que hizo que me asomara y ver, junto a mi moto, un camión de esos desvencijado con una grúa, cogiendo material sobrante de una obra que llevaba días allí, era en realidad la música del robo. Pero entre evitar el robo de tu propia moto o dormir treinta minutillos más, uno, en fin, tiene sus prioridades.

   Me habían robado la moto, no como otra vez, que compré una cadena muy buena para que no me la robaran, y lo que me robaron fue la cadena y dejaron la moto. Salí a la calle principal, paré un taxi, y le indiqué la calle donde tenía que recoger mi nuevo coche. En el trayecto aproveché para llamar a la policía y contarles. El taxista estaba deseando que colgara para poder comentar el asunto, y a uno, la verdad, comentar el asunto no le apetecía una mierda. Ese día tenía que recoger el coche, ir a por un amigo al que hacía tiempo que no veía, acercarme al taller a lo de la radio, y largarme a Murcia para actuar delante de trescientos médicos. Mal día para dejar de fumar, o para comentar el asunto con un taxista.

   Apenas pensé en lo irónico de que me robaran la moto la misma mañana que recogía mi coche nuevo, y tardé casi tres semanas en poner la denuncia, porque uno no tiene mucha fe en este tipo de cosas.

   Ayer por la noche, cuando me estaban indicando en qué mesa podía sentarme a cenar en un pequeño restaurante de la Rua dos Correeiros, en pleno centro de Lisboa, sonaba mi teléfono: llamaban de comisaría, que habían encontrado mi moto en perfecto estado, y que si podía ir a recogerla. Ahora mismo estoy fuera de España, ¿podrían guardármela hasta que vuelva?, pregunté. Me dijeron que sí. Y pregunté, claro, dónde la habían encontrado.

   En el número 5 de la calle Isla de Java, respondieron.

   No entiendo cómo no se me ocurrió empezar a buscar ahí.

7 may. 2014

Lo de Buenafuente.

"La comedia es verdad y dolor" 
(John Vorhaus)




   El otro día participé en una sección del programa En el aire, que dirige Andreu Buenafuente. La cosa consistía (nos dijeron) en actuar minuto y medio, junto (contra) otro cómico (amigo), vestidos (me enteré tarde) de piloto, y el premio para el ganador (sufragio universal) era un viaje a (viva) Las Vegas. Un viaje, ojo, para uno, es decir, solo para uno, es decir, sin acompañante, es decir, como siempre; pero en este caso durante ocho lujosos días en una suit con spa, cocina, y ese tipo de cosas, en pleno Las Vegas. El viaje se haría acompañando a algún cómico (sic), tipo Mario Vaquerizo (fuck).

   Pues bien (¿pues bien?): Llegué, vi y perdí. Os cuento:

   Yo estaba pululando por twitter como el que pierde el tiempo por costumbre cuando, ay, mísero de mí, vi que alguien mandó, ay, infelice, algo de algo a no sé quién diciendo que no sé cuántos de actuar con Buenafuente.

   Lo cierto es que ni lo pensé: mandé un tuit con un vídeo lincado a una actuación de Paramount. Y ya.

   Luego pasó el tiempo, la vida, «todo lo que tiré como un anillo al agua...» Hice cosas, cosas de esas que haces cuando no haces lo que debes hacer, lo que se dice “hacer tu vida”. Hice esto, hice aquello. Hice mi vida. El tiempo. Todo. Nada.

   Y en esto que un (buen) día me llamaron. Era después de comer: sé que tenía sueño. Que eran de El Terrat, dijeron. Que algo de un vídeo. Ni idea, contesté. No tenía ni idea. Que mandaste un tuit, me dijeron; ¿qué mandé un tuit?, respondí. Y poco a poco fui recordando aquello, ah, sí, ya –dije-, sí, vale, vale… ¿Ir a Buenafuente?, resumiendo: dije que sí.

   Pero que me paguen el viaje, el hotel y los gastos, arañé. Ahora te llamo, dijeron. Llamaron ahora: que vale, que sí.

   Bien.

   Y luego me explicaron todo. Lo de que era un concurso, lo del viaje, lo de las fechas, pero yo sólo tenía oídos ya para una cosa: “actúas minuto y medio en el programa”. ¿Hacer un monólogo en el programa de Buenafuente? Sí, maldita sea, sí, y mil veces sí. Venga, los datos, el ave, tengo estos compromisos, mejor pillamos vuelo, venga, nos cuadra, perfecto, perfecto, gracias, gracias, etcétera, etcétera.

   Pero luego… luego vino lo de luego, lo que viene luego, lo de después. Que igual os disfrazan de pilotos, dijeron. “Jarl”, pensé. Que os van a interrumpir, avisaron. “Jorl”, maticé. Pero como a Ícaro, que la emoción del vuelo le hizo olvidar que estaba huyendo, no me enteré de que la cera de mis alas se aproximaban al sol.

   Más etcétera. Sigo.

   Y llegó el día: el viaje, el taxi, el polígono de El Terrat. El amplio camerino, las botellitas de agua, la prueba de vestuario. “Esta chaqueta es dos tallas más grande”, comenté. “No te queda tan mal”, justificaron. ¿Tan mal? ¿Qué significa “tan mal” cuando se actúa en un programa que tiene medio millón de espectadores? Aquella chaqueta no me quedaba tan mal si me comparabas con un viejo recién fallecido al que fueran a embalsamar, porque esa chaqueta parecía de un señor muerto, de un señor grande y muerto por muerte natural. Entonces alguno dijo lo de que alguien nos iba a interrumpir. “Es un monólogo de minuto y medio, son seis chistes, si interrumpen se cargan al menos dos, ¿es necesario?”, defendí. Dijeron que sí. La chaqueta no me quedaba tan mal.

   Fuimos a esperar a un sitio. Íbamos cambiando de sitio donde esperar. Ahora esperáis aquí, luego vais a esperar mejor a otro lugar, y después ya os iremos diciendo dónde podéis seguir esperando.

   Y coincidió que estábamos en plena espera cuando apareció una chica, o una muchacha. No sé qué poner: chica o muchacha. No pienso poner “una joven”, aunque podría perfectamente, enfundado en aquella chaqueta mortuoria. “Hola, soy Belén, y creo que os tengo que interrumpir”, dijo entre risas buenrolleras. Era Belén. Nos tenía que interrumpir. “No nos interrumpas, Belén, por favor, que eso es bastante terrible para un cómico, que es un monólogo muy breve, no nos interrumpas…” Al principio pensó que iba de broma, pero enseguida empezó a sentir una manifiesta pereza por nuestro discurso, si acaso aderezada por unas innegables dosis de lástima y un golpe de vergüenza ajena. “No os preocupéis, os interrumpiré poco”, anunció con ese desparpajo de tía buena que curra en un programa de la tele. “Me preocupa mucho”, insistí, “es muy fuerte interrumpir un monólogo de un minuto y medio. Me preocupa bastante”. “Ya, si lo sé –se enrolló-, si yo alguna vez he hecho algún monólogo”.

   Y seguí ahí callado, pensando que en realidad a lo que se refería es a que se había aprendido algún monólogo de alguien y lo había interpretado, porque es actriz, y se le notaba a leguas-luz que no sabe lo que significa escribir tu propia basura y defenderla a capa y espada durante un minuto y medio en uno de los programas con más audiencia de la franja horaria, en una intervención que, a falta de otras, iba a quedar grabada a fuego en tu minúscula biografía artística, y que no entendía que aquello de la interrupción no era sino la decisión caprichosa de un publicista o de un guionista hijo de la gran puta que no tiene ni puñetera idea de stand-up, y que está aprovechándose de la lamentable carrera profesional que protagonizamos algunos para experimentar con nosotros como el niño idiota que se dedica a quemar hormigas con una lupa mientras se le derrite el helado con el que se ha manchado su cara de gilipollas. Y pienso que ella no tiene la culpa, que solo trata de hacer su trabajo, que quiere ser simpática, pero es actriz y le cuesta mucho hacer o decir cosas sin un guion, y no entiende que los guiones los escribe gente como uno, cómicos desconocidos, frágiles, desesperanzados… que utilizamos la realidad para nutrir la arquitectura de nuestra propia ficción, de donde emanan las grandes epopeyas, las vertiginosas comedias, los diálogos locos de los que luego viven actrices como ella, que interpretan bien y, en ocasiones, además, tienen un gran polvo, por un equilibrio exquisito de genes, gimnasio y maquillaje. Pienso que ella no puede tomar la decisión de no interrumpirnos, así que trato de que la conversación se vaya desinflando, para poder terminar por no hablar de nada, y poder seguir esperando hasta que nos cambien de sitio.

   Luego vino a hablarnos alguien que debía de mandar bastante, porque era directo y contundente. Esto va así, así, así y así. De nuevo salió el tema de las interrupciones durante el monólogo: ¿es necesario? "Sí", sentenció molesto. "Jo", pensé decepcionado. "Jorl", insistí para mí.

   Porque los cómicos, en el día a día, no somos graciosos, pero para nuestros adentros imitamos a Chiquito.

   Y por fin el ensayo.

   Entramos en el plató y nos indicaron dónde nos teníamos que situar. Salió el primer monologuista y se colocó en el lugar donde debía actuar. Nada más empezar a hablar, la azafata (esto es, la actriz), que se supone que tenía que interrumpir de vez en cuando, entró gritando en la escena algo graciosísimo (supongo) sobre el precio de las bebidas en el avión. Estábamos en el aire, y aquello quedó sobreactuado. La cosa inquietó mucho al personal. Hubo confusión. Hubo desmadre. Y ahí es donde yo intervine, como una especie de Mio Cid de la comedia de medio pelo que se hace hueco en primera división: busqué la mirada cómplice de Berto Romero y le dije algo parecido a: “Perdona, Berto… ¿es necesario lo de las interrupciones? Es que no se puede actuar”, o algo así, maldita sea, que no hay pruebas, o sea que me lo podría inventar. Pero fue algo parecido. Que a él tampoco le molaba, me dijo. Le creí. Pensé que era un tío sensato, espabilado, genial. Pensé que era un auténtico cómico. Pensé que por eso me hacía gracia, porque era un tío con criterio. Todo eso pensé, en décimas de segundo. En ese momento, le comenta a Andreu Buenafuente que le comento yo lo de que las interrupciones no molan. Que el Dani Alés diu que tal… en plan en catalán, o igual fue en castellano, pero igual ahora lo rememoro en catalán, porque me parece más auténtico. Sí que dijo que lo dije yo. Andreu me miró, y yo hice un gesto como de “perdón…”

   Andreu se levanta de la silla, mira hacia los lados y busca una solución: “Nada de interrumpir el monólogo, si acaso algo de movida al principio, pero cuando los cómicos actúan, se respeta”, o algo así, más o menos, fue lo que dijo. Pienso que Berto es amor, y pienso que Andreu es amor. Pienso en el emoticono del corazón. Pienso que podría ser su amigo, si yo no fuera un cómico de tercera y ellos no fueran unos exitosos profesionales. Pienso que si pudiera participar en sus tertulias me iría fenomenal. Pienso que el genio que vio oportuno interrumpir a los monologuistas debería enfrentarse alguna vez a un público en directo con material de su propia cosecha para que sepa lo que significa el verbo “remar”. Pienso que los cómicos vivimos a merced de un sistema, y que hay que petarlo muy fuerte para poder esquivar este tipo de zancadillas. Pienso que soy un héroe por conseguir presionar lo suficiente para que no nos interrumpan, pero me siento un payaso porque llevo una chaqueta de piloto de accidente aéreo, una chaqueta crecedera y ridícula, un camisón de muerte. Y una gorra. Y que esto es un trueque, un contrato, y ellos ponen el programa de televisión y yo pongo mi fracaso, y que el intercambio es justo y necesario, y que en general, y por lo que veo, ahora lo que toca es tragar. "Paciencia y barajar, amigo Sancho". Paciencia y barajar.

   Nos dicen que ya, que bien, y que a cenar.

   Y cenamos. Yo: gazpacho y sepia. Y un café. Tallat. Amb llet freda: como el Lari.

   Y luego lo de esperar. Lo de esperar. Lo de esperar. Lo de los lentos minutos que van apretando el nudo en el estómago, lo de las ganas de irse a casa, lo de tener miedo, frío, calor y ganas de orinar. Lo de mirar el móvil, y el reloj, y la puerta, por si te llaman, por si te vienen a buscar, por si te toca y luego vas con prisas y sales herido por la urgencia, y que no, que queda un rato, queda otro rato. Tranquilo, te avisamos. Y el perfecto equilibro entre el aburrimiento y los nervios.

   Nos maquillan. Nos maquillan en la sala de maquillaje con todas esas cremas, polvos y potingues. Incluso nos ponen algo en los labios, yo qué sé. Nos ponen cualquier mierda, mientras nos masajean, y yo cierro los ojos y pienso que no quiero estar allí. Se me corta la voz, no me sale el aire. Me están poniendo algo en los labios y yo me estoy quedando mudo.

   “Ya estás”, dice alguien. “Puedes esperar en el camerino”, añaden. Y vuelves otra vez, pero ahora con ganas de rascarte. Porque no te puedes tocar, y eso significa que te pica todo el cuerpo. Así que te rascas un poco donde te acaban de maquillar, total: llevas un gorro.

   Y te entran ganas de cagar. En Buenafuente. Ya te vale. Estás en Buenafuente, te va a tocar salir, ya estás maquillado y tu cuerpo pide salsa.  Y dudas, porque piensas que te van a llamar en plena gestión, que van a aporrear la puerta y van a gritar tu nombre porque te toca salir. Así que vas rápidamente, furtivamente, y cierras la puerta casi a calzón quitao, y te centras en tu obligación biológica con frialdad y precisión, casi de forma aséptica, y piensas que ya tienes presentación: “Hola, acabo de cagar en Buenafuente, en el baño, donde los camerinos, ¡BUENAS NOCHES, CHAVALADA!”

   Todo bien. Te da tiempo de sobra a volver a esperar, a mirar las redes sociales y a mandar un par de mensajitos. Te llaman. Os llaman. Nos llaman.

   Fuimos.

   Ya casi nos tocaba salir. Primero él, el otro cómico, el rival. Salió. Lo hizo bastante bien. La gente se reía. Yo no sabía qué iba a decir. ¿Me arriesgaba con algo de actualidad? ¿Me centraba en mi primer minuto y medio? ¿Hacía una mezcla de chistes buenos deslavazados que había pensado durante el vuelo? Estoy a treinta segundos de salir en Buenafuente y todavía no tengo claro lo que voy a decir.

   Y me presentan. Ahora no recuerdo quién. Creo que Berto, pero igual fue Buenafuente. El caso: voy. Me planto ahí. La azafata, la monologuista, la actriz, la interrupción. El desasosiego. Mi chaqueta, que me está grande, hijos de puta, dejadme en paz, pero qué hace esta loca, por el amor de Dios, ya basta, ya basta, hijos de puta, no sé ni qué decir, por dónde empiezo, mi chaqueta, qué hago y TIEMPO.

   Tiro por una mezcla inédita de varios chistes que pretendo ordenar según voy avanzando. No sé ni dónde mirar. A veces miro al público, a un cámara, a Berto, a la azafata. Y a Andreu, que están justo delante de mí. "¿Qué hago yo aquí?", pienso en medio de un chiste. La risa del público interrumpe mi reflexión de “qué extraño es tener a Buenafuente mirándote a dos metros de ti”. Sigo sumando segundos, estoy nervioso, se me nota. No estoy vendiendo los chistes, los dejo caer para ver si así puedo irme antes a casa. Termino un bloque y veo que quedan doce segundos. Once. Diez. No sé si meter otra cosa, o algo así, digo. Ocho. Siete. Bueno, pues no sé… Cinco, cuatro. Empiezo el chiste del público irrepetible... Dos, uno. Ya. Por fin.

   Y la gente vota. Le votan más al otro. Buenafuente tarda en dar la noticia y yo pienso que a Buenafuente es posible que le haya gustado más yo. A Berto lo he escuchado reírse, y eso hace ilusión, pienso. Buenafuente duda. Yo quiero morir. Dicen que gana el otro. Yo pongo cara alegre. Pero estoy triste. La chaqueta me viene grande. Y el programa. Y la situación. Y la comedia. Ya nos despiden para dar paso a la próxima sección, y algo, como una espada, me atraviesa el estómago mientras bajo las escaleras. La boca me sabe a metal. Siento un hormigueo por todo el cuerpo. El otro cómico actúa con naturalidad mientras yo me deshago en una invisible agonía de fracaso.

   Piden un taxi. Llega el taxi. Subimos al taxi. Me quiero morir. El otro cómico va jovial, ligero. No siento envidia por él, siento lástima por mí, alegremente vendido a la primera basura que me ofrecen en una televisión nacional en abierto. Competir… El horror… el horror…

   Y luego está cuando llegas al hotel. El móvil ardiendo en las redes sociales, el fuego del éxito del otro devora el poco oxígeno que le queda a tu derrota. Te miras en el espejo, bebes agua, sientes ganas de vomitar. “He cagado en Buenafuente”, te ríes para dentro. Dios, cómo duele. Pones a cargar el móvil. Tratas de acostarte, te vuelves a levantar.

   Echas de menos a alguien, pero no sabes a quién. Te escriben muchos mensajes de apoyo y cosas así, pero hay un silencio enorme y dejas la luz del baño encendida y dejas de mirar tuiter y no sabes muy bien qué hacer. El fracaso es intangible. Querrías jugar un poco con él, darle la vuelta, investigarlo, pero es algo que no se encuentra y sin embargo sabes que está ahí. El fracaso es intangible y el éxito es una pelota maciza en el estómago. Las dos cosas te alejan de ti, te desubican. Caminas por la habitación desubicado, fumando un cigarro detrás de otro, y tienes las sensación de querer salir corriendo, quieres correr, quieres huir hasta desmayarte para ver si la extenuación acaba con esa grieta en tu autoestima. Te escribe tu madre, que nunca suele querer saber nada de ti. Está preocupada, y eso te ilusiona, porque es tarde para ella, y se ha quedado a verte, y eso nunca lo hace, y te alegra y te acompaña más que nada, más que nadie. Nada podría salvarte, salvo eso. Al fin. Por fin.

   A veces hace falta fracasar en Buenafuente para poder querer volver a casa.