tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

16 dic. 2015

El voto es secreto.

Nunca supe a quién votaba mi padre. Era de los que, cuando le preguntabas, te decía lo de que «el voto es secreto». El viejo letrado, que había participado activamente en política durante el otoño del franquismo, probablemente se lo tomaba muy en serio, aunque en mi caso lo que creo es que lo decía para chincharme. Y lo conseguía. Y no es que yo le preguntara porque nunca he tenido muy claro a quién votar y quisiese aprovecharme de su criterio, afinado a lo largo de los años por su incansable consumo de columnas de opinión, editoriales, ensayos, memorias políticas e historiografías, sino por simple curiosidad, por el cotilleo, por morbo. Por decir a mis amigos: «pues mi padre vota a estos». Hacía bien en callarlo.

Ser un ignorante no se improvisa, y yo, por aquel entonces, ya apuntaba maneras. Sin embargo, en lo que sí que fui extrañamente precoz fue en lo de disfrutar con la oratoria política. Toda mi familia se reía de mí cuando grababa los debates televisados en una cinta de VHS, y enseguida me empezaron a considerar el fachilla de la casa, porque sentía cierta debilidad por Gallardón. «Felipe González también me parece buenísimo», me trataba de defender. Pero no colaba. El caso es que Gallardón era el mejor. Todavía recuerdo algunas de sus intervenciones en un debate sobre el estado de la comunidad en  las que, uno a uno, se iba cepillando a todos los que trataban de cuestionar su legislatura.  Su chorreo de datos y chascarrillos, el manejo de la cinésica, las apabullantes pausas dramáticas justo antes de aplastar a Cristina Almeida con alguna frase lapidaria. No había rival. Incluso cuando atacaban sus debilidades conseguía revertirlo y convertirlo en una victoria: le acusaban de ambicioso y defendía aquello de que en política solo se está para gobernar, que nadie está aquí para hacer oposición, porque la política es el arte de transformar la realidad. «El día que llegue a mi despacho, mire por la ventana y piense que está todo bien, dejaré la política», decía. Y lo decía muy bien, con esa voz grave, de hombre de estado, como de legislador, pero con un matiz de afectación dramática, de emocionado confidente que cree a pie juntillas lo que dice, con la seguridad de que su discurso generaba votos, mayorías y gobierno. 

Recuerdo un día que llegó mi padre a casa y dijo: «Pobre Danielito, que no va a votar a Gallardón», y claro, yo siempre entraba al trapo: «Uy que no, claro que sí». «No, porque tú estás empadronado en San Sebastián de los Reyes»: mi padre siempre me chinchaba.

Han pasado los años, y sigo disfrutando de un debate más que de un concierto de los Stones; pocos discursitos en una serie de televisión me han conmovido tanto como los que urdía el mítico Aaron Sorkin en El ala oeste de la Casa Blanca; cuánto me gusta tragarme una y otra vez algunos de los momentos fulgurantes de la primera campaña de Barack Obama: sus contestaciones a Hillary Clinton en las primarias, y el épico discursito del 8 de enero de 2008, en New Hampshire, al ritmo del yes we can. Me dio pena cuando Gallardón dejó la política, porque me hubiese encantado ver algún día un cara a cara entre el ex alcalde y Pablo Iglesias: dos titanes de la oratoria. Eso sí que habría sido épico, mejor que el Aznar - González del noventa y tres. Mejor que el Tyson - Holyfield del noventa y seis. Mejor que cualquier partido de Michael Jordan.

Han pasado los años, decía, y sigo sin saber a quién votar. Desde luego, el hecho de que me gustara la oratoria gallardoniana no significa que mis ideas tengan sintonía con el Partido Popular: la afinidad estética no implica ideología. Hace poco, para la Comunidad de Madrid, lo tuve claro: con tres de los candidatos tenía mucha afinidad. El que no era uno de mis poetas de cabecera (García Montero), había compartido conmigo varias aventuras académicas (Gabilondo) o me parecía una oradora excepcional (Cifuentes). ¿A quién voté? Secreto.

Tampoco es muy sensato basarse en el resultado de los debates para decidir el voto, teniendo en cuenta que todo debate es un ejercicio de retórica y persuasión que no depende tanto de ideologías o proyectos electorales como del ejercicio preparatorio de un equipo de profesionales que analizan los resultados de los sondeos, elaboran marcos de pensamiento y planean estrategias. Independientemente del partido con el que uno se sienta más identificado, ¿quién hubiera dicho que Sánchez, después de sus patinazos en los debates anteriores, iba a conseguir sacar de sus casillas al desgastado e impasible Rajoy? No fue un maleducado, el candidato socialista, sino un victorioso profesional que supo golpear en el momento y en el lugar apropiado delante de nueve millones de televisores. ¿A qué, si no, viene lo de que el debate lo ganó la responsabilidad, al tiempo que lanza esa sonda derrotista del posible pacto con Ciudadanos? Si algo sabe el Presidente fue que perdió su debate. Como aquel desencajado González del noventa y tres a quien se merendó el neonato Aznar que salió a por todas porque no tenía nada que perder.

El otro día, uno de mis mejores amigos me dijo que mi hermano pequeño también dice eso de que el voto es secreto, y no suelta prenda: nos lo aprendimos bien. Mi amigo, que es un tipo pragmático y cerebral, no cree que tenga sentido ya esa premisa, sin embargo he descubierto que no decir ni pío me da cierta libertad para escuchar, leer, discutir y cuestionar a todo el mundo sin el sambenito de alguien chinchándome como si fuera el fachilla de la casa. Es gracioso, porque según el ámbito en el que preguntes habrá quien me considere como en mi familia, o habrá quien defienda que soy un incorregible rojillo. Si uno se basara en los chistes que meto en mis actuaciones, no creo que lo tuviera más claro: tener una exnovia socialista me legó muchas bromas en esa dirección, sin renunciar a lo fácil que es meterle goles a los titulares del equipo popular.

Lo que sí tengo claro es lo que estoy disfrutando últimamente con todo lo que gira en torno a las elecciones: editoriales, columnas, debates y charletas. Se vote a quien se vote (se piense lo que se piense) sí que creo que la deuda que tiene el votante con la labor de Podemos resulta impagable. No creo que el voto deba ser un premio, pero ¿quién niega que ahora la política es un poquito más saludable gracias al azote de Pablo Iglesias?


Con todo, cada vez veo más claro a quién voy a votar. Me siento más tranquilo cuando pienso que a lo mejor es lo mismo que votaría mi padre. En todo caso no se lo pienso decir a nadie, me merece la pena ese pequeño sacrificio de vanidad electoral a cambio de la libertad que me da que nadie sepa: la información está ahí para cualquiera y, además, el voto es secreto.


12 ago. 2015

Isla de Java

   Cuando entré en mi coche con la caja de la pizza y la puse sobre el asiento del copiloto, todavía no había oído hablar de la calle Isla de Java.

   Llevaba una semana complicada de reunioncitas y cachivaches, acababa de salir de una actuación en Carabanchel y pensé que aquella cuatro estaciones familiar recién hecha sería la solución a todos los problemas. Incluso puse el calefactor en el asiento para que no se enfriara. Creo que nunca había deseado tanto llegar a casa para comerme una pizza. Era domingo, serían cerca de las once de la noche y no paraba de llover.

   Arranqué, conduje por unas calles, me paré en un semáforo. Fue entonces cuando ocurrió: el disco se puso en verde, aceleré, y giré el volante cuando vi que un coche gris iba directo hacia mí. Frené. Creo que llegué a pararme. Por un segundo pensé que el otro coche también se detuvo. Sentí cierto alivio por creer haber evitado el accidente cuando noté el brusco impacto en el lateral derecho. Recuerdo que salió humo del motor. A través de la ventanilla pude ver cómo al otro se le activó el airbag. Me quedé bloqueado, en medio de aquel cruce, temiendo ya que toda la gestión que se me avecinaba me llevara a tomar la pizza fría. Bajé del vehículo y le pregunté al tipo del otro coche que qué hacíamos. Él gritaba. Me gritaba. No recuerdo lo que me decía, pero estaba muy enfadado, así que pensé que la culpa había sido mía. Pensé que si la culpa había sido mía estaba bien que me tocara comerme la pizza fría. Continuó gritándome cosas cuando se metió en su coche. Pensé que era para quitarlo de en medio de aquel cruce, y no me fijé ni en la matrícula cuando, para mi sorpresa, se dio a la fuga. Había mucha gente alrededor, y pregunté si alguien se había fijado en la matrícula: nadie. Pero uno me dijo que había visto que el otro se había saltado el semáforo. No sabía qué hacer: llovía mucho, estaba en medio de un cruce, y el coche tenía muy mala pinta. Me metí dentro, di marcha atrás para que no estorbase, y en ese momento apareció un coche patrulla de la policía nacional. Que qué ha pasado, dijeron. Les conté. Que se había dado a la fuga, y que no recordaba ni el modelo ni nada. Que se había ido por ahí, les dije. Fueron tras él. Cerré la puerta del vehículo y saqué el móvil para llamar al seguro: hablaba con la centralita mientras miraba la pizza a través de las gotas que se deslizaban por la ventanilla.

   Llegó un nuevo coche de la poli. Se bajaron. Les conté: tomaron nota. Entonces vino corriendo por la calle un tipo negro (el dato es meramente descriptivo, no quiero decir por esto que llegase antes) (o que la tuviera más grande) (que supongo que sí) (pero, ya digo: es solo una conjetura) (una muy grande) (jeje), y nos dijo que el coche estaba parado al otro lado de la calle. Los policías empezaron a correr hacia donde les decía el tipo (negro, ya digo), y yo, por no quedarme solo, me puse a correr junto a ellos por la acera, con toda la gente mirándonos correr a dos agentes de la policía, a un tipo negro (el otro) y a otro no demasiado bajito y, en ocasiones, hasta guapo: me refiero a mí. Íbamos corriendo y yo me sentía como si fuéramos de la misma pandilla, como si tuviésemos un plan. Qué hacemos cuando lleguemos, pregunté entre jadeos. No recuerdo lo que me respondieron, pero sí que no aguanté mucho más: "mejor me vuelvo al coche, por si acaso", me justifiqué. Y dejé de correr. Y me giré. Y me volví a mi coche: había otro patrulla.

   Les contaba, mientras llegaron los primeros policías, los que se habían ido a buscar al fugado. Junto al coche vacío de los dos policías que se habían ido corriendo, los dos que acababan de llegar y el primero que llegó, que se fue y venía ahora de no haber encontrado el otro coche, se plantó un cuarto patrulla que decía que, desde lejos, había visto cómo el otro se había saltado el semáforo.

   Eran cuatro los vehículos de la policía nacional que rodeaban mi coche cuando apareció el primero de los municipales. Luego vendría una furgoneta de atestados, otro municipal y una ambulancia: ni las mejores noches en la discoteca Kapital recordaba haber visto yo tantas lucecitas. Allí solo faltaban dos tipos trajeados y con pinganillo bajándose de un todoterreno de cristales oscuros preguntando quién está al mando. "Pues no creo que haya pizza para todos", pensé en algún momento de la noche. De momento, ni siquiera la había para mí.

   Para mi sorpresa, uno de los polis me reconoció de Paramount Comedy. "Ahora se llama Comedy Central", o algo así, le dije: el hambre me había vuelto corporativo. Seguía lloviendo, yo quería irme a casa, y mientras que uno me tomaba los datos, otros dos agentes se dedicaron a calentarme la cabeza con un ramillete completito de topicazos sobre comedia: que si el que sí que es gracioso, que si ese tío está loco, que si mi primo valdría para cómico, que si no te ha pasado alguna vez. ¿Te importa que nos hagamos una foto?, me dijo. El tipo tenía una pistola, una porra y muchos amigos: las que quieras, respondí.

   Me recomendaron que activara el protocolo de nosequé, que así vendría una ambulancia, y que para activarlo tendría que someterme a un test de alcoholemia. "Espero pasarlo", bromeé. Vino la ambulancia, y una chica joven y, quiero recordar, muy atractiva, me preguntó si tenía alergia a algo. "A los accidentes de tráfico", respondí. Un de los policías lo escuchó, y se lo contó al resto en plan "mirad qué tipo tan gracioso". Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla.

   Estaba contando la historia a unos amigos por WhatsApp cuando me hicieron la prueba de alcoholemia: cero, cero. Me informaron de que el otro conductor había dado positivo, que yo había sido víctima de un delito, y me contaron varias cosas que ya no recuerdo. Sé que me encontré al otro conductor al bajar de la furgoneta de atestados. Sé que me dio miedo. Sé que otro municipal se puso a tomar nota de todo, y que los nacionales se fueron. Sé que pasó bastante tiempo hasta que llegó un coche de mi compañía de seguros que me llevó a casa. Con la pizza. Fría. Que calenté en el microondas. Y me la comí.

   Mi coche fue a parar al número 7 de la calle Isla de Java, al taller oficial de la casa Mercedes, y tuve que esperar varios meses hasta que pudieron peritarlo, porque el informe del atestado estaba perdido por algún lugar del misterioso proceso que va desde el momento del accidente hasta el juicio rápido: hasta el jucio "rápido". Nada diré sobre las artimañas del seguro para no arreglarme el coche, de cuando, desesperado ya por tanta espera, decidí aceptar la miserable cantidad que me ofrecieron y de cómo fui sondeando a distintos desguaces para ver quién me ofrecía más dinero. Pero sí que recuerdo perfectamente la impotencia que sentí cuando, al ir a vender el coche y abrirlo, en el propio taller oficial de la casa Mercedes-Benz, me encontré con que me habían robado la radio. "Vete a saber", me dijo uno de los mecánicos, "por aquí pasa mucha gente". "¿Y cómo sabemos que cuando vino traía la radio?", añadió otro. De la inefable conversación con uno de los jefazos, y de su insinuación de que si les denunciaba me iban a cobrar los meses que el coche había estado en el taller, prefiero no dar detalle. Afortunadamente, otro de los tipos, que hacía el seguimiento de mi coche, me dijo que sabían lo del robo, que me habían pedido otra radio, y que les disculpara.

   Después de un largo etcétera de dimes y diretes, con el coche vendido, y tras varios meses usando el transporte público, pensé que lo mejor era comprarse un coche barato de segunda mano, que gastara poco, que fuera cómodo para viajar y que no me importara nada aparcarlo en la calle. Me compré un volskwagen passat variant bastante antiguo, cuyo antiguo propietario era un mecánico, por lo que el motor estaba como nuevo. El problema era que la radio no tenía el código, y había que ir a la casa oficial para que la desbloquearan. ¿A dónde?, podría preguntarse mi lector. La respuesta empieza a ser evidente: al número 1 de la calle Isla de Java.

   La mañana que fui a coger la moto para acercarme al concesionario a por el nuevo coche viejo me encuentro con que no está. Dudé unos instantes: ¿la aparqué en otro lado? Entendí que el ruido que escuché desde mi ventana hacía apenas media hora, y que hizo que me asomara y ver, junto a mi moto, un camión de esos desvencijado con una grúa, cogiendo material sobrante de una obra que llevaba días allí, era en realidad la música del robo. Pero entre evitar el robo de tu propia moto o dormir treinta minutillos más, uno, en fin, tiene sus prioridades.

   Me habían robado la moto, no como otra vez, que compré una cadena muy buena para que no me la robaran, y lo que me robaron fue la cadena y dejaron la moto. Salí a la calle principal, paré un taxi, y le indiqué la calle donde tenía que recoger mi nuevo coche. En el trayecto aproveché para llamar a la policía y contarles. El taxista estaba deseando que colgara para poder comentar el asunto, y a uno, la verdad, comentar el asunto no le apetecía una mierda. Ese día tenía que recoger el coche, ir a por un amigo al que hacía tiempo que no veía, acercarme al taller a lo de la radio, y largarme a Murcia para actuar delante de trescientos médicos. Mal día para dejar de fumar, o para comentar el asunto con un taxista.

   Apenas pensé en lo irónico de que me robaran la moto la misma mañana que recogía mi coche nuevo, y tardé casi tres semanas en poner la denuncia, porque uno no tiene mucha fe en este tipo de cosas.

   Ayer por la noche, cuando me estaban indicando en qué mesa podía sentarme a cenar en un pequeño restaurante de la Rua dos Correeiros, en pleno centro de Lisboa, sonaba mi teléfono: llamaban de comisaría, que habían encontrado mi moto en perfecto estado, y que si podía ir a recogerla. Ahora mismo estoy fuera de España, ¿podrían guardármela hasta que vuelva?, pregunté. Me dijeron que sí. Y pregunté, claro, dónde la habían encontrado.

   En el número 5 de la calle Isla de Java, respondieron.

   No entiendo cómo no se me ocurrió empezar a buscar ahí.

7 may. 2014

Lo de Buenafuente.

"La comedia es verdad y dolor" 
(John Vorhaus)




   El otro día participé en una sección del programa En el aire, que dirige Andreu Buenafuente. La cosa consistía (nos dijeron) en actuar minuto y medio, junto (contra) otro cómico (amigo), vestidos (me enteré tarde) de piloto, y el premio para el ganador (sufragio universal) era un viaje a (viva) Las Vegas. Un viaje, ojo, para uno, es decir, solo para uno, es decir, sin acompañante, es decir, como siempre; pero en este caso durante ocho lujosos días en una suit con spa, cocina, y ese tipo de cosas, en pleno Las Vegas. El viaje se haría acompañando a algún cómico (sic), tipo Mario Vaquerizo (fuck).

   Pues bien (¿pues bien?): Llegué, vi y perdí. Os cuento:

   Yo estaba pululando por twitter como el que pierde el tiempo por costumbre cuando, ay, mísero de mí, vi que alguien mandó, ay, infelice, algo de algo a no sé quién diciendo que no sé cuántos de actuar con Buenafuente.

   Lo cierto es que ni lo pensé: mandé un tuit con un vídeo lincado a una actuación de Paramount. Y ya.

   Luego pasó el tiempo, la vida, «todo lo que tiré como un anillo al agua...» Hice cosas, cosas de esas que haces cuando no haces lo que debes hacer, lo que se dice “hacer tu vida”. Hice esto, hice aquello. Hice mi vida. El tiempo. Todo. Nada.

   Y en esto que un (buen) día me llamaron. Era después de comer: sé que tenía sueño. Que eran de El Terrat, dijeron. Que algo de un vídeo. Ni idea, contesté. No tenía ni idea. Que mandaste un tuit, me dijeron; ¿qué mandé un tuit?, respondí. Y poco a poco fui recordando aquello, ah, sí, ya –dije-, sí, vale, vale… ¿Ir a Buenafuente?, resumiendo: dije que sí.

   Pero que me paguen el viaje, el hotel y los gastos, arañé. Ahora te llamo, dijeron. Llamaron ahora: que vale, que sí.

   Bien.

   Y luego me explicaron todo. Lo de que era un concurso, lo del viaje, lo de las fechas, pero yo sólo tenía oídos ya para una cosa: “actúas minuto y medio en el programa”. ¿Hacer un monólogo en el programa de Buenafuente? Sí, maldita sea, sí, y mil veces sí. Venga, los datos, el ave, tengo estos compromisos, mejor pillamos vuelo, venga, nos cuadra, perfecto, perfecto, gracias, gracias, etcétera, etcétera.

   Pero luego… luego vino lo de luego, lo que viene luego, lo de después. Que igual os disfrazan de pilotos, dijeron. “Jarl”, pensé. Que os van a interrumpir, avisaron. “Jorl”, maticé. Pero como a Ícaro, que la emoción del vuelo le hizo olvidar que estaba huyendo, no me enteré de que la cera de mis alas se aproximaban al sol.

   Más etcétera. Sigo.

   Y llegó el día: el viaje, el taxi, el polígono de El Terrat. El amplio camerino, las botellitas de agua, la prueba de vestuario. “Esta chaqueta es dos tallas más grande”, comenté. “No te queda tan mal”, justificaron. ¿Tan mal? ¿Qué significa “tan mal” cuando se actúa en un programa que tiene medio millón de espectadores? Aquella chaqueta no me quedaba tan mal si me comparabas con un viejo recién fallecido al que fueran a embalsamar, porque esa chaqueta parecía de un señor muerto, de un señor grande y muerto por muerte natural. Entonces alguno dijo lo de que alguien nos iba a interrumpir. “Es un monólogo de minuto y medio, son seis chistes, si interrumpen se cargan al menos dos, ¿es necesario?”, defendí. Dijeron que sí. La chaqueta no me quedaba tan mal.

   Fuimos a esperar a un sitio. Íbamos cambiando de sitio donde esperar. Ahora esperáis aquí, luego vais a esperar mejor a otro lugar, y después ya os iremos diciendo dónde podéis seguir esperando.

   Y coincidió que estábamos en plena espera cuando apareció una chica, o una muchacha. No sé qué poner: chica o muchacha. No pienso poner “una joven”, aunque podría perfectamente, enfundado en aquella chaqueta mortuoria. “Hola, soy Belén, y creo que os tengo que interrumpir”, dijo entre risas buenrolleras. Era Belén. Nos tenía que interrumpir. “No nos interrumpas, Belén, por favor, que eso es bastante terrible para un cómico, que es un monólogo muy breve, no nos interrumpas…” Al principio pensó que iba de broma, pero enseguida empezó a sentir una manifiesta pereza por nuestro discurso, si acaso aderezada por unas innegables dosis de lástima y un golpe de vergüenza ajena. “No os preocupéis, os interrumpiré poco”, anunció con ese desparpajo de tía buena que curra en un programa de la tele. “Me preocupa mucho”, insistí, “es muy fuerte interrumpir un monólogo de un minuto y medio. Me preocupa bastante”. “Ya, si lo sé –se enrolló-, si yo alguna vez he hecho algún monólogo”.

   Y seguí ahí callado, pensando que en realidad a lo que se refería es a que se había aprendido algún monólogo de alguien y lo había interpretado, porque es actriz, y se le notaba a leguas-luz que no sabe lo que significa escribir tu propia basura y defenderla a capa y espada durante un minuto y medio en uno de los programas con más audiencia de la franja horaria, en una intervención que, a falta de otras, iba a quedar grabada a fuego en tu minúscula biografía artística, y que no entendía que aquello de la interrupción no era sino la decisión caprichosa de un publicista o de un guionista hijo de la gran puta que no tiene ni puñetera idea de stand-up, y que está aprovechándose de la lamentable carrera profesional que protagonizamos algunos para experimentar con nosotros como el niño idiota que se dedica a quemar hormigas con una lupa mientras se le derrite el helado con el que se ha manchado su cara de gilipollas. Y pienso que ella no tiene la culpa, que solo trata de hacer su trabajo, que quiere ser simpática, pero es actriz y le cuesta mucho hacer o decir cosas sin un guion, y no entiende que los guiones los escribe gente como uno, cómicos desconocidos, frágiles, desesperanzados… que utilizamos la realidad para nutrir la arquitectura de nuestra propia ficción, de donde emanan las grandes epopeyas, las vertiginosas comedias, los diálogos locos de los que luego viven actrices como ella, que interpretan bien y, en ocasiones, además, tienen un gran polvo, por un equilibrio exquisito de genes, gimnasio y maquillaje. Pienso que ella no puede tomar la decisión de no interrumpirnos, así que trato de que la conversación se vaya desinflando, para poder terminar por no hablar de nada, y poder seguir esperando hasta que nos cambien de sitio.

   Luego vino a hablarnos alguien que debía de mandar bastante, porque era directo y contundente. Esto va así, así, así y así. De nuevo salió el tema de las interrupciones durante el monólogo: ¿es necesario? "Sí", sentenció molesto. "Jo", pensé decepcionado. "Jorl", insistí para mí.

   Porque los cómicos, en el día a día, no somos graciosos, pero para nuestros adentros imitamos a Chiquito.

   Y por fin el ensayo.

   Entramos en el plató y nos indicaron dónde nos teníamos que situar. Salió el primer monologuista y se colocó en el lugar donde debía actuar. Nada más empezar a hablar, la azafata (esto es, la actriz), que se supone que tenía que interrumpir de vez en cuando, entró gritando en la escena algo graciosísimo (supongo) sobre el precio de las bebidas en el avión. Estábamos en el aire, y aquello quedó sobreactuado. La cosa inquietó mucho al personal. Hubo confusión. Hubo desmadre. Y ahí es donde yo intervine, como una especie de Mio Cid de la comedia de medio pelo que se hace hueco en primera división: busqué la mirada cómplice de Berto Romero y le dije algo parecido a: “Perdona, Berto… ¿es necesario lo de las interrupciones? Es que no se puede actuar”, o algo así, maldita sea, que no hay pruebas, o sea que me lo podría inventar. Pero fue algo parecido. Que a él tampoco le molaba, me dijo. Le creí. Pensé que era un tío sensato, espabilado, genial. Pensé que era un auténtico cómico. Pensé que por eso me hacía gracia, porque era un tío con criterio. Todo eso pensé, en décimas de segundo. En ese momento, le comenta a Andreu Buenafuente que le comento yo lo de que las interrupciones no molan. Que el Dani Alés diu que tal… en plan en catalán, o igual fue en castellano, pero igual ahora lo rememoro en catalán, porque me parece más auténtico. Sí que dijo que lo dije yo. Andreu me miró, y yo hice un gesto como de “perdón…”

   Andreu se levanta de la silla, mira hacia los lados y busca una solución: “Nada de interrumpir el monólogo, si acaso algo de movida al principio, pero cuando los cómicos actúan, se respeta”, o algo así, más o menos, fue lo que dijo. Pienso que Berto es amor, y pienso que Andreu es amor. Pienso en el emoticono del corazón. Pienso que podría ser su amigo, si yo no fuera un cómico de tercera y ellos no fueran unos exitosos profesionales. Pienso que si pudiera participar en sus tertulias me iría fenomenal. Pienso que el genio que vio oportuno interrumpir a los monologuistas debería enfrentarse alguna vez a un público en directo con material de su propia cosecha para que sepa lo que significa el verbo “remar”. Pienso que los cómicos vivimos a merced de un sistema, y que hay que petarlo muy fuerte para poder esquivar este tipo de zancadillas. Pienso que soy un héroe por conseguir presionar lo suficiente para que no nos interrumpan, pero me siento un payaso porque llevo una chaqueta de piloto de accidente aéreo, una chaqueta crecedera y ridícula, un camisón de muerte. Y una gorra. Y que esto es un trueque, un contrato, y ellos ponen el programa de televisión y yo pongo mi fracaso, y que el intercambio es justo y necesario, y que en general, y por lo que veo, ahora lo que toca es tragar. "Paciencia y barajar, amigo Sancho". Paciencia y barajar.

   Nos dicen que ya, que bien, y que a cenar.

   Y cenamos. Yo: gazpacho y sepia. Y un café. Tallat. Amb llet freda: como el Lari.

   Y luego lo de esperar. Lo de esperar. Lo de esperar. Lo de los lentos minutos que van apretando el nudo en el estómago, lo de las ganas de irse a casa, lo de tener miedo, frío, calor y ganas de orinar. Lo de mirar el móvil, y el reloj, y la puerta, por si te llaman, por si te vienen a buscar, por si te toca y luego vas con prisas y sales herido por la urgencia, y que no, que queda un rato, queda otro rato. Tranquilo, te avisamos. Y el perfecto equilibro entre el aburrimiento y los nervios.

   Nos maquillan. Nos maquillan en la sala de maquillaje con todas esas cremas, polvos y potingues. Incluso nos ponen algo en los labios, yo qué sé. Nos ponen cualquier mierda, mientras nos masajean, y yo cierro los ojos y pienso que no quiero estar allí. Se me corta la voz, no me sale el aire. Me están poniendo algo en los labios y yo me estoy quedando mudo.

   “Ya estás”, dice alguien. “Puedes esperar en el camerino”, añaden. Y vuelves otra vez, pero ahora con ganas de rascarte. Porque no te puedes tocar, y eso significa que te pica todo el cuerpo. Así que te rascas un poco donde te acaban de maquillar, total: llevas un gorro.

   Y te entran ganas de cagar. En Buenafuente. Ya te vale. Estás en Buenafuente, te va a tocar salir, ya estás maquillado y tu cuerpo pide salsa.  Y dudas, porque piensas que te van a llamar en plena gestión, que van a aporrear la puerta y van a gritar tu nombre porque te toca salir. Así que vas rápidamente, furtivamente, y cierras la puerta casi a calzón quitao, y te centras en tu obligación biológica con frialdad y precisión, casi de forma aséptica, y piensas que ya tienes presentación: “Hola, acabo de cagar en Buenafuente, en el baño, donde los camerinos, ¡BUENAS NOCHES, CHAVALADA!”

   Todo bien. Te da tiempo de sobra a volver a esperar, a mirar las redes sociales y a mandar un par de mensajitos. Te llaman. Os llaman. Nos llaman.

   Fuimos.

   Ya casi nos tocaba salir. Primero él, el otro cómico, el rival. Salió. Lo hizo bastante bien. La gente se reía. Yo no sabía qué iba a decir. ¿Me arriesgaba con algo de actualidad? ¿Me centraba en mi primer minuto y medio? ¿Hacía una mezcla de chistes buenos deslavazados que había pensado durante el vuelo? Estoy a treinta segundos de salir en Buenafuente y todavía no tengo claro lo que voy a decir.

   Y me presentan. Ahora no recuerdo quién. Creo que Berto, pero igual fue Buenafuente. El caso: voy. Me planto ahí. La azafata, la monologuista, la actriz, la interrupción. El desasosiego. Mi chaqueta, que me está grande, hijos de puta, dejadme en paz, pero qué hace esta loca, por el amor de Dios, ya basta, ya basta, hijos de puta, no sé ni qué decir, por dónde empiezo, mi chaqueta, qué hago y TIEMPO.

   Tiro por una mezcla inédita de varios chistes que pretendo ordenar según voy avanzando. No sé ni dónde mirar. A veces miro al público, a un cámara, a Berto, a la azafata. Y a Andreu, que están justo delante de mí. "¿Qué hago yo aquí?", pienso en medio de un chiste. La risa del público interrumpe mi reflexión de “qué extraño es tener a Buenafuente mirándote a dos metros de ti”. Sigo sumando segundos, estoy nervioso, se me nota. No estoy vendiendo los chistes, los dejo caer para ver si así puedo irme antes a casa. Termino un bloque y veo que quedan doce segundos. Once. Diez. No sé si meter otra cosa, o algo así, digo. Ocho. Siete. Bueno, pues no sé… Cinco, cuatro. Empiezo el chiste del público irrepetible... Dos, uno. Ya. Por fin.

   Y la gente vota. Le votan más al otro. Buenafuente tarda en dar la noticia y yo pienso que a Buenafuente es posible que le haya gustado más yo. A Berto lo he escuchado reírse, y eso hace ilusión, pienso. Buenafuente duda. Yo quiero morir. Dicen que gana el otro. Yo pongo cara alegre. Pero estoy triste. La chaqueta me viene grande. Y el programa. Y la situación. Y la comedia. Ya nos despiden para dar paso a la próxima sección, y algo, como una espada, me atraviesa el estómago mientras bajo las escaleras. La boca me sabe a metal. Siento un hormigueo por todo el cuerpo. El otro cómico actúa con naturalidad mientras yo me deshago en una invisible agonía de fracaso.

   Piden un taxi. Llega el taxi. Subimos al taxi. Me quiero morir. El otro cómico va jovial, ligero. No siento envidia por él, siento lástima por mí, alegremente vendido a la primera basura que me ofrecen en una televisión nacional en abierto. Competir… El horror… el horror…

   Y luego está cuando llegas al hotel. El móvil ardiendo en las redes sociales, el fuego del éxito del otro devora el poco oxígeno que le queda a tu derrota. Te miras en el espejo, bebes agua, sientes ganas de vomitar. “He cagado en Buenafuente”, te ríes para dentro. Dios, cómo duele. Pones a cargar el móvil. Tratas de acostarte, te vuelves a levantar.

   Echas de menos a alguien, pero no sabes a quién. Te escriben muchos mensajes de apoyo y cosas así, pero hay un silencio enorme y dejas la luz del baño encendida y dejas de mirar tuiter y no sabes muy bien qué hacer. El fracaso es intangible. Querrías jugar un poco con él, darle la vuelta, investigarlo, pero es algo que no se encuentra y sin embargo sabes que está ahí. El fracaso es intangible y el éxito es una pelota maciza en el estómago. Las dos cosas te alejan de ti, te desubican. Caminas por la habitación desubicado, fumando un cigarro detrás de otro, y tienes las sensación de querer salir corriendo, quieres correr, quieres huir hasta desmayarte para ver si la extenuación acaba con esa grieta en tu autoestima. Te escribe tu madre, que nunca suele querer saber nada de ti. Está preocupada, y eso te ilusiona, porque es tarde para ella, y se ha quedado a verte, y eso nunca lo hace, y te alegra y te acompaña más que nada, más que nadie. Nada podría salvarte, salvo eso. Al fin. Por fin.

   A veces hace falta fracasar en Buenafuente para poder querer volver a casa.



3 oct. 2013

Columbia university.


"Porque belleza y sabiduría y justicia sólo existen en lo hecho a pedazos" (I. Calvino)


Hoy me he metido en google: hasta aquí, todo normal. He escrito "Columbia university" y he pinchado en mapas. Porque quería saber exactamente dónde estaba, en qué zona de Manhattan. Y del mundo. A qué calles da. Desde mi piso de Chamartín buscando un barrio neoyorquino con el portátil, mientras decido qué cenar, o a dónde ir. Que van pesando los años sin que uno se aclare con los horarios, ni con los mapas.

David pasea despacio por el campus de la Columbia sin saber a dónde llevar una carpeta o un libro. Si saberse llevar. Deshaciéndose. Porque David se erosiona, mengua, se le desgasta su propia identidad. La identidad es tragedia, dijo uno, y David es pura identidad. Me lo imagino despacio, porque la imaginación todavía permite lentitud, retardo, y yo me imagino a David con detención y detalle, agotado de identidad y apenas derramando -iba a poner desangrando- todo su lirismo sobre el alejado asfalto de una calle.

No sé si mi problema es cenar o esta irracional nostalgia transatlántica por un campus que no sé ni entiendo. Columbia university, ya digo, y ese David sacado de una novela de Philip Roth o de un fotograma de John Ford, ese David incapaz de leer en Central Park, distraído, o atraído, o persuadido por el mundo todo, siempre.

Encender el portátil (ya estaba encendido, en realidad), abrir google, y buscar al amigo lejano para ver si él sabe decirte dónde estás.


5 ene. 2013

Camerinos.

Los cómicos de segunda no solemos actuar en salas que puedan pasar una inspección de sanidad, por lo que las expectativas de encontrarse algo parecido a un camerino son prácticamente inexistentes. Si acaso un almacén sobre el que dejar el abrigo encima de una caja de refrescos "que seguro que no toca nadie", donde "hace semanas que no hay ratas", junto a un enorme congelador "en el que guardamos los cadáveres". 

Pero a veces sí, a veces llegas y alguien se ocupa de ti, y del sonido, y de las luces, y de si necesitas agua, y de que te sientas cómodo en esa obligada y solitaria espera (minutos, horas, vaya usted a saber), para la que, sin duda, Dios creó Twitter. Y vio que era bueno. Y le hizo FAV.

Lo que no suele haber jamás es camerino. 

Tan es así, que cuando lo hay uno no puede evitar hacerle una foto. Porque puedes actuar delante de trescientos, de quinientos, de mil ochocientos, pero ¿un camerino? ¿Y el humidificador?

Los camerinos son feos. Y fríos. Si tienen calefacción, está apagada. Si es verano, no tienen aire acondicionado. Si tiene perchero, faltan perchas. Y bombillas, en el espejo: las que no están fundidas. A veces alguien olvidó una diadema, un jirón de tela, el papel de escaleta. La ducha no funciona. Hay eco, o reverberación, o lo que sea. En el camerino.

Y ahí está el cómico de banquillo, el que sí, que bien, pero barato, haciéndose unas fotos con su camerino. Sonriendo, para la foto. Tiritando. Frotándose las manos entre cada tuit. Nervioso ya, y con ganas de salir, no tanto para actuar como para entrar en calor, para torrarse bajo los vatios de cada foco. Con las manos en los bolsillos, paseando en círculos mientras le dicen "quince minutos". Quince fríos minutos que nunca son quince, que luego "ya se sabe cómo son estas cosas". 

El camerino frío, vulgarizado por tu horrendo equipaje de cómico que no sabe de camerinos, la mesa vacía en la que no hacer nada: ¿me pongo corbata?

"Cinco minutos", se escucha al otro lado del congelador. La temperatura ya ha gangrenado algunos de tus mejores chistes, y te empiezas a plantear si debes amputar un bloque. Porque el frío te recuerda lo de que habitas un escenario deshabitado, lo de que sólo eres un donnadie, lo de que cada nueva actuación es una oportunidad para dejarlo.

"¿Estás preparado?", preguntan, pero no lo preguntan en serio, es sólo cortesía. ¿Te imaginas? "No estoy preparado: dile a todos que vengan mañana, y ya veremos". Y es que en realidad no estás preparado porque nunca lo has estado, y menos en ese camerino que no es tuyo, ante ese reflejo de sombra, junto al montón de ropa de la silla. 

"Estoy, estoy preparado", mientes. 

Y sales ahí, con tu corbata, porque te has puesto corbata, porque crees que cuando algo te aprieta el cuello todo resulta más fácil; y tratas de disimular, durante hora y cuarto hablando solo, lo de que llevas años viviendo en camerinos, lo de que no lo haces tan mal, lo de que tienes algún que otro puntazo, y vas pasando por el texto de puntillas, vas diciendo un poco por decir, por sumar otro minuto, para que se acabe pronto, y así volver al camerino, recoger tu ropa y apagar la luz de aquel lugar que no te pertenece.






29 dic. 2012

El género menor de la comedia.

"We work in the dark -we do what we can-, we give what we have. Our doubt is our passion, and our passion is our task. The rest is the madness of art."

                                                               (Henry James, The middle years, desde el blog de Rafael Reig)



"¿Es la comedia un género menor dentro del mundo artístico?", me preguntaban hace poco en una entrevista para un periódico local. Porque a los cómicos desconocidos nos entrevistan también, pero en prensa desconocida, por si acaso. Si algo tiene la poética del fracaso es coherencia.

Pero al caso: ¿un género menor?

Depende, claro, de qué es lo que entendamos como "comedia". Si estamos hablando de la comedia como "algo que te hace reír", como esa epidermis de lo cómico, esa acartonada superficie que divide los géneros en función de si su unidad básica es la carcajada o la lágrima, como cuando los personajes de dibujos se dividían entre buenos y malos.

O depende, claro está, si nos adentramos en las profundidades mismas del origen de la comedia, en su raíz trágica, en su búsqueda epistemológica, en su capacidad de construcción desde la destrucción, desde la purga.

Dicho lo cual, cuando vemos a un dibujo animado tropezar con una cáscara de plátano, o escuchamos el chiste del perro que se llamaba Mistetas (sin duda, el mejor amigo del hombre), cuya dueña le pregunta a un policía: "¿ha visto usted a Mistetas?", asistimos al resultado del conflicto entre la voluntad de ser un héroe y la falacia del fracaso: hay una complejidad inherente a lo anecdótico de las dos guasas, conmovidos como estamos ante la torpeza del primero y la ingenuidad del agente de la ley respondiendo a la señora: "no, pero me gustaría verlas".

No consigo evitar la afirmación borgeana: "no sabemos qué es la realidad". Y nos reímos, con esa risa simplona, balbuceante, alocada, terca, vulnerable. Nos reímos secreta y clandestinamente. Nos reímos porque es otra forma de llorar lo que nos duele, lo que no sabemos por qué duele, lo que nos sigue doliendo mientras tanto.

Así las cosas, en la comedia confluyen las búsquedas más íntimas y esenciales del ser humano. Cualquier intento por clasificarla de otro modo tropezará, inevitablemente, con el absurdo de la cáscara de plátano de la superficialidad del argumento.