tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

5 ene 2013

Camerinos.

Los cómicos de segunda no solemos actuar en salas que puedan pasar una inspección de sanidad, por lo que las expectativas de encontrarse algo parecido a un camerino son prácticamente inexistentes. Si acaso un almacén sobre el que dejar el abrigo encima de una caja de refrescos "que seguro que no toca nadie", donde "hace semanas que no hay ratas", junto a un enorme congelador "en el que guardamos los cadáveres". 

Pero a veces sí, a veces llegas y alguien se ocupa de ti, y del sonido, y de las luces, y de si necesitas agua, y de que te sientas cómodo en esa obligada y solitaria espera (minutos, horas, vaya usted a saber), para la que, sin duda, Dios creó Twitter. Y vio que era bueno. Y le hizo FAV.

Lo que no suele haber jamás es camerino. 

Tan es así, que cuando lo hay uno no puede evitar hacerle una foto. Porque puedes actuar delante de trescientos, de quinientos, de mil ochocientos, pero ¿un camerino? ¿Y el humidificador?

Los camerinos son feos. Y fríos. Si tienen calefacción, está apagada. Si es verano, no tienen aire acondicionado. Si tiene perchero, faltan perchas. Y bombillas, en el espejo: las que no están fundidas. A veces alguien olvidó una diadema, un jirón de tela, el papel de escaleta. La ducha no funciona. Hay eco, o reverberación, o lo que sea. En el camerino.

Y ahí está el cómico de banquillo, el que sí, que bien, pero barato, haciéndose unas fotos con su camerino. Sonriendo, para la foto. Tiritando. Frotándose las manos entre cada tuit. Nervioso ya, y con ganas de salir, no tanto para actuar como para entrar en calor, para torrarse bajo los vatios de cada foco. Con las manos en los bolsillos, paseando en círculos mientras le dicen "quince minutos". Quince fríos minutos que nunca son quince, que luego "ya se sabe cómo son estas cosas". 

El camerino frío, vulgarizado por tu horrendo equipaje de cómico que no sabe de camerinos, la mesa vacía en la que no hacer nada: ¿me pongo corbata?

"Cinco minutos", se escucha al otro lado del congelador. La temperatura ya ha gangrenado algunos de tus mejores chistes, y te empiezas a plantear si debes amputar un bloque. Porque el frío te recuerda lo de que habitas un escenario deshabitado, lo de que sólo eres un donnadie, lo de que cada nueva actuación es una oportunidad para dejarlo.

"¿Estás preparado?", preguntan, pero no lo preguntan en serio, es sólo cortesía. ¿Te imaginas? "No estoy preparado: dile a todos que vengan mañana, y ya veremos". Y es que en realidad no estás preparado porque nunca lo has estado, y menos en ese camerino que no es tuyo, ante ese reflejo de sombra, junto al montón de ropa de la silla. 

"Estoy, estoy preparado", mientes. 

Y sales ahí, con tu corbata, porque te has puesto corbata, porque crees que cuando algo te aprieta el cuello todo resulta más fácil; y tratas de disimular, durante hora y cuarto hablando solo, lo de que llevas años viviendo en camerinos, lo de que no lo haces tan mal, lo de que tienes algún que otro puntazo, y vas pasando por el texto de puntillas, vas diciendo un poco por decir, por sumar otro minuto, para que se acabe pronto, y así volver al camerino, recoger tu ropa y apagar la luz de aquel lugar que no te pertenece.






29 dic 2012

El género menor de la comedia.

"We work in the dark -we do what we can-, we give what we have. Our doubt is our passion, and our passion is our task. The rest is the madness of art."

                                                               (Henry James, The middle years, desde el blog de Rafael Reig)



"¿Es la comedia un género menor dentro del mundo artístico?", me preguntaban hace poco en una entrevista para un periódico local. Porque a los cómicos desconocidos nos entrevistan también, pero en prensa desconocida, por si acaso. Si algo tiene la poética del fracaso es coherencia.

Pero al caso: ¿un género menor?

Depende, claro, de qué es lo que entendamos como "comedia". Si estamos hablando de la comedia como "algo que te hace reír", como esa epidermis de lo cómico, esa acartonada superficie que divide los géneros en función de si su unidad básica es la carcajada o la lágrima, como cuando los personajes de dibujos se dividían entre buenos y malos.

O depende, claro está, si nos adentramos en las profundidades mismas del origen de la comedia, en su raíz trágica, en su búsqueda epistemológica, en su capacidad de construcción desde la destrucción, desde la purga.

Dicho lo cual, cuando vemos a un dibujo animado tropezar con una cáscara de plátano, o escuchamos el chiste del perro que se llamaba Mistetas (sin duda, el mejor amigo del hombre), cuya dueña le pregunta a un policía: "¿ha visto usted a Mistetas?", asistimos al resultado del conflicto entre la voluntad de ser un héroe y la falacia del fracaso: hay una complejidad inherente a lo anecdótico de las dos guasas, conmovidos como estamos ante la torpeza del primero y la ingenuidad del agente de la ley respondiendo a la señora: "no, pero me gustaría verlas".

No consigo evitar la afirmación borgeana: "no sabemos qué es la realidad". Y nos reímos, con esa risa simplona, balbuceante, alocada, terca, vulnerable. Nos reímos secreta y clandestinamente. Nos reímos porque es otra forma de llorar lo que nos duele, lo que no sabemos por qué duele, lo que nos sigue doliendo mientras tanto.

Así las cosas, en la comedia confluyen las búsquedas más íntimas y esenciales del ser humano. Cualquier intento por clasificarla de otro modo tropezará, inevitablemente, con el absurdo de la cáscara de plátano de la superficialidad del argumento.

1 sept 2012

Septiembre

Septiembre, el mes fugaz. Que si prolonga agosto, que si se mete ya en octubre. La vuelta al cole, en todo caso: lo dice Elcortinglés, o séase, quien manda. 

Y con el cole, la vuelta a lo de uno, a aquello. Porque uno anda que si mañana, que si mañana, pero lo de hoy es aquello, ESTO. Mañana será septiembre otra vez, será más de lo mismo, lo exactamente hoy, lo justo ahora. Septiembre, en definitiva, el més "y qué", el "sí pero no", el "ya veremos".

Con septiembre otra vez esa pregunta que uno siempre la deja para enero.

30 ago 2012

Portales.


Los portales. Los portales en los que tanto has esperado, en los que te has desesperado, en los que todo se detuvo. Ahí debajo, a tiro de cancela, de telefonillo, ese portal. Ese portal doméstico y vecinal, alevoso y nocturno. Ese portal de invierno, portal con guantes, con bufanda, y el frío, la soledad del frío, el frío de la soledad; el reloj, las ganas; el ascensor que baja y que no es, la luz común para cualquiera y nadie.

Los portales, los portales en los que esperar,  en los que te esperan. A los que ya no vas, por los que no pasaste; los portales algunos de los que todavía no te has ido. Ese portal, difuminado de melancolía, lejano, diminuto, ese portal, que no pertenece ya a un lugar sino que es de una época.

El portal, el beso de portal. Ese beso. Todos los besos de portal son el mismo beso, la misma boca, la repetida, eterna, insaciable y vasta sed que no se va, que siempre se acumula. Ese beso eterno de portal, el beso inacabado. En el frío portal, el lento beso. Las mejillas, el cuello, la saliva; las manos que intentan sostener el tiempo, el abrigo incesante y la secreta piel, toda la piel. El portal, el beso, tú.

Los portales, su mitología. Su alrededor, los coches aparcados con esa resignación medioburguesa, con la postura al ralentí, sentados sobre las ruedas a tiro de oficina. Las papeleras, los plátanos de sombra, la bomba contra incendios.

Las más heroicas gestas de amor han naufragado en un portal. Las palabras más dolorosas, las más preciosas mentiras. El más daño, más mayor que el mayor, más doloroso.  El daño todo. Aquel portal. Ninguno.

20 mar 2012

María


   Llovía a mares. En la tele, no en la balconada de mi apartamento: agosto, Alicante, las cuatro de la tarde. El sol se entrometía entre los laterales de las gafas con denodado ahínco, suavizado por un matizada brisa que acompañaba a la sombra. Acababa de comer, la tarde pedía siesta. Y apareció mi hermano.

–¿Conoces a María? –interrumpió.

Quise bromear.

–Ahora mismo no le pongo tetas.

No se rió: ya se conocía mi respuesta.

–Es la de este verano –insistió–, la última.

Me incorporé. Le pedí más información. Que me explicara.

–Ligeramente alta, moderadamente guapa –respondió–. Algo tosca quizá, quizá algo… redundante.
–Pero ¿es de por aquí? –inquirí.

–Psé, quién sabe. Lo que sí te digo es que es fresca y movidita. Facilona, de las que te gustan a ti… De las que no es de nadie aunque parece de cualquiera.

–¿Efímera quizá? –sugerí.

–Eso sin duda –respondió, mientras se le dibujaba media sonrisa–, eso sin duda. Y sin duda la conoces, a ver: no es ni alta ni baja, parece ser sensual, puede que tímida o, si acaso, lentamente huidiza.

–¡Podría ser cualquiera!

–Podría –insistió–, pero sólo es una. Algo ligera sin llegar a ser frágil, habla mucho y también fanfarronea. Dice y dice y se desdice, cuenta cosas. Usa la palabra amor, la palabra suave, conjuga torpemente algún gerundio. Cae en los epítetos de siempre porque siempre le funcionan. Y si atiendes, o si pretendes atender, entre tanto ritmo apenas dice nada.

–¿Pero se puede saber de quién me estás hablando? –Me rendí.

–¡De la canción del verano!

–Calla, calla, calla –entendí, y quise rematar la escena con un último juego de palabras, así que le miré, burlón, desafiante, descarado:

–Me suena.

                                           [Foto: Daniel y Javier, Japón, agosto 2011. Autorretrato para calle con espejo]



2 mar 2012

El Cortinglés


    A veces, mi madre va a comprar al Cortinglés.

–Voy al Cortinglés –dice. Y luego vuelve con bolsas de plástico del bueno, para la nieve, y algo de ropa de mayores, una chocolatina...

     El Cortinglés es un eficicio alto y grande y descomunal que hay en Castellana. Es como una gigantesca caja de regalos, tan bonita, que en Navidades se ilumina. Dentro hay todo lo que se pueda imaginar, todo lo necesario: juguetes, todo.

    Las personas van caminando por unas carreteras de comprar, y se paran a mirar durante mucho rato. Luego siguen. Se paran. Siguen.  Qué pesados. No me gusta ir a comprar, pero hay cosas muy bonitas.
Hay una habitación muy grande llena de ropa de padres, colgadas en una percha, como en el armario de mi casa. Perchas y ropa, ropa sin perchas, perchas sueltas. Y una escalera de metal que se esconde en el suelo y que nunca se detiene.

    La escalera hace un ruido lejano de lavavajillas mientras que los mayores miran la ropa igual, con perchas o sin ellas. Yo miro a los mayores que miran la ropa y miro las perchas y ellos me miran mientras la escalera no deja de subir a ningún sitio.

    Hay corbatas, corbatas de colores. En ramillete, las corbatas. El color de una corbata me llega por la nariz, me huele a rojo una corbata entre corbatas rojas, y escucho el amarillo.

    Junto a los abrigos, hay un bosque con ardillas que trabajan allí; no estoy seguro.

    El Cortinglés de Castellana, donde mi madre va a comprar porque está todo, los juguetes, las perchas, las ardillas, las escaleras que llegan siempre igual con su olor a lavavajillas y a metal, con su sonido de plata.






21 feb 2012

Lo de uno





Diría que el tiempo me ha vuelto algo apolítico, descreído, desconvocado, y en realidad no. En realidad lo que me pasa es que me niego a renunciar a ciertas convicciones que la suma de experiencias vitales ha ido –e irá– puliendo, sólo porque la línea ideológica con la que más me identifico no las contempla, y renuncio a manifestar esas convicciones porque he detectado que en España hay una ideología vastamente arraigada, y es la de la irracional intolerancia hacia cualquier cosa que no sea LO DE UNO.