tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

10 may 2011

Un vídeo nuevo en youtube



Me han colgado un nuevo vídeo en youtube, ese lugar. Youtube, lo mismo escaparate que vertedero, es otro más de los sitios contaminados por todo, porque todo está en todas partes, y a uno no le queda más remedio que arrimar el hombro a ese todo y hacerlo mayor, que le crezca la suela de su zapato y ser Todo camino de TODO, y que algún día reviente, estalle, y haya que empezar de nuevo y por fin podamos ser felices.

Pero mi vídeo está ahí, y no seré yo el que lo quite. Sí que quitaría otros, pero ya me han dicho que no, así de fácil: no. Y sigo ahí, expuesto, y soy yo el que sale, con voz pero sin voto. Porque, en la Red, “Estar” no significa “ser”, aunque lo pueda “parecer”.

Mi nuevo vídeo está en youtube y yo me lo he tragado cuatro veces. Hay risas, y eso a un cómico le gusta, pero a mí no me convence. El espejo de un vídeo es menos generoso que el de un baño, porque el del baño tiene el grifo debajo, y uno se moja el pelo y parece algo; y la toalla que espera y reconforta. Pero el vídeo seco y solitario de youtube en el que estamos colgados, por el que nos hemos colgado, ese vídeo que en comedia se parece al DNI, que es el salvoconducto de un teatro y un caché, ese vídeo del que me arrepentiré toda mi vida hasta que un día, a ver si ya con canas, lo mire y me sonría para mis adentros mientras piense:

-Ahora lo cojo.

4 abr 2011

El peor momento en la vida de un cómico



Opción A:

La escena transcurre en el salón de un piso, en la zona norte de Madrid. Son cerca de las ocho de la tarde, y un grupo de amigos disfruta de una entretenida partida de póker, en la modalidad texas hold’em. Hay algunos vasos encima de la mesa, humo de tabaco y olor a palomitas.
-¿Doblamos la ciega ya? –pregunta uno.
-Sí, por favor –afirma Están Dap, sensiblemente agobiado-, que yo me tengo que ir pronto...
Los otros jugadores se miran entre sí. Se nota que no les hace ninguna gracia tener que andar con prisas por los compromisos de su amigo. Uno pregunta la hora...

Opción B:

Son las cinco de la tarde. Están Dap está tumbado en el sofá de casa de su abuela, en un pueblo escondido en un valle, provincia de Guadalajara. Hace frío fuera; dentro, la chimenea atrae toda la atención de nuestro cómico, por encima del canal local de televisión en el que una versión desconocida de El mundo perdido de Conan Doyle, nos recuerda el mítico profesor Challenger. Todavía algo mareado por el vino, y con el regusto del cocido en la garganta, el joven trata de encontrar su teléfono móvil en uno de los bolsillos; lo desbloquea; lo mira...

Opción C:

Las diez de la noche, el centro de Madrid, una cama de matrimonio. Dos cuerpos desnudos se abrazan, todavía jadeantes y sudorosos. La mano de ella acaricia el pelo de Están Dup, le mira, se sonríen.
-Pero todavía no te perdono... –dice ella, mientras hace una mueca cariñosa con la boca-.
-Pero cariño... –protesta Están Dup-, ¡no es nada fácil conseguir un disfraz de Napoleón!
-¿A qué hora te vas?
Rodando sobre su propio cuerpo, alcanza el reloj de la mesilla y presiona el botón para que se encienda la luz.

Cualquiera de las tres opciones termina igual:

-¡Mierda! –exclama Están Dap- ¡Me tengo que ir! ¡Actúo en Nosedonde!

                                                  (En la foto: Luis Álvaro abusando del té. d.a.  2011)

6 mar 2011

Cementerios

Aún con vida, uno no se acostumbra a estar en un cementerio. Sea a lo que sea a lo que uno va, siempre termina enredado en reflexiones inoportunas o chismes de cuchicheo. Más chismes todavía en ese bosque de lápidas verticales, con las flores secas y los números de las fechas, como en un sudoku existencial.

Tienen los cementerio ese aire provinciano, balanceándose en el abismo entre la dignidad y la decadencia, entre la seriedad y la guasa. Porque la vida llama a la vida, y no tolera el rigor de los finales, y se hace comandita en el reír, que no significa que no te de pena, sino que te acojona porque no lo entiendes.

La vida llama a la vida, ya digo, y la muerte llama a la vida también, y nos convoca a hacer el ridículo persiguiendo exclusivamente lo único que nos importa en este mundo: la felicidad.

Mientras tando, aquí van seis versos de Carlos Murciano:

"Alguien que nadie ha visto, con una sucia tiza,
pintó el mar de tristeza, la tierra de ceniza,
y en el cielo las cruces del buitre y el milano.

Y ahora, cuando implacable la noche está cayendo,
para seguir viviendo, para seguir muriendo,
tengo yo que ir borrando lo que pintó su mano."

[Carlos Murciano, Oscuro de luna, 2004.]

31 ene 2011

Tríada

El alivio que habrá sentido César en la mañana de Farsalia, al pensar: hoy es la batalla.


El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.


El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.

(Borges, Los conjurados, 1985)


24 ene 2011

Ida de olla (2)


Hoy estaba tumbado en el suelo del salón
mirando al móvil
y llamaron a la puerta.
Abrí.
Eras tú.
Que volvías.

Entonces me desperté dormido en el sofá.
Resulta que solo había sido un sueño,
así que me incorporé
y me tumbé en el suelo
mirando al móvil
por si acaso.






6 ene 2011

Globos in the sky



Capítulo 1: hombre, por favor...

            Serían apenas las tres de la madrugada. Yo estaba terminando un texto para el corto de un amigo cuando un grupo numeroso de adolescentes empieza a hacer mucho ruido desde la calle. Después de varios minutos y algunos cubos de basura por el suelo, los incautos seguían montando follón, disfrutando de la ventajosa impunidad de ser muchos, de noche, en un barrio de abuelos, por lo que decido pasar a la acción.

Capítulo 2: represalias.

Cargo tres globos de agua, uno de ellos muy poquito para poder lanzarlo a gran distancia. Apago las luces de mi casa; me pongo un abrigo oscuro, guantes, gorro, abro el ventanal del salón y hago un primer lanzamiento que, por encima de los árboles, llega hasta la otra esquina de la calle. El globo impacta en el capó del coche en el que estaban apoyados, salpicando a la mayoría. Hay algarabía; hay desquicio. Los vándalos se ponen a mirar hacia todos los balcones y a gritar y a proferir insultos a discreción, que significa “sin tasa ni limitación”. Huyendo de una posición vulnerable al globotirador, se cambian de esquina y se colocan justo debajo de mi balcón, por lo que me veo obligado a lanzar un segundo globo: la proximidad del objetivo permitió que fuera el más cargado de los tres, y mi mala puntería no impidió que les diera de lleno.

Capítulo 3: sí, ¿quién es?

Llamo a la policía y digo que en el portal de mi casa unos jóvenes están tirando globos de agua e insultando a bóveda y solera.

Sospechando ya cuál puede ser el edificio del justiciero del látex, los cafres deciden llamar a todos los telefonillos del cuarto piso, uno de los cuales es el mío. Decido contestar haciéndome el sorprendido, y ellos salen corriendo. Es entonces cuando entiendo que son unos cobardes y valoro, de forma caprichosa, que son unos gilipollas.

Capítulo 4: and the Oscar goes to...

            Todavía no sé qué cable se me cruzó para hacer lo siguiente: me pongo una chaqueta, un abrigo elegante, unos guantes de cuero, y bajo con actitud de indignación y enfado. Salgo del portal. Ellos están ahora al otro lado de la calle, en la esquina inicial, y comentan “es él, es él...”, lo cual me produce un subidón de adrenalina que me recuerda la primera vez que actué en Joy Eslava; sigo adelante, hacia ellos. Me doy cuenta de que son muchos y de que cualquiera de ellos me puede pegar una paliza porque todos, absolutamente todos, son más hombres que yo. 
      
            Asumo que ya no puedo dar media vuelta, así que sigo avanzando al tiempo que grito “¿sois vosotros los del telefonillo?”, así como con tonito, en plan “habéis despertado al bebé”, en plan “mañana madrugo, niñatos”, en ese plan. Ellos bajan la cabeza, miran al suelo. Llego hasta ellos. -¿No me habéis oído? –insisto-. ¡Que si sois vosotros los del telefonillo!
­-Es que nos han tirado globos de agua... –se justifica Metepatas Cararrata.
-¿Por llamar a los telefonillos? –añado-; yo os habría tirado ¡piedras!
-No –sigue Imbécil Numerodós-, no hemos hecho nada y nos han tirado globos de agua...
-¿Crees que llamar a un telefonillo a estas horas es “no-hacer-nada”? –sentencio, mientras trato de disimular el temblor que me recorre todo el cuerpo-: ¿eres imbécil?
-Nos han tirado globos de agua y nosotros hemos llamado a los del cuarto porque ¡han apagado las luces después del primer globo! –afirma el Campeón del Mundo en Faltadeautoestima.
Ahí es cuando me doy cuenta de que en realidad no han visto nada, no tienen ni idea, y han tenido la suerte de llamar a mi piso.
-¡Yo vivo en el cuarto! –Sobreactúo, en una memorable imitación de Al Pacino- ¡Mi novia vive en el cuarto! ¡Habéis despertado a mi novia! ¡Qué os he hecho yo! ¡Qué os ha hecho mi novia! ¡Iros a jugar con los globos a un parque! ¡Iros a molestar a Papá y Mamá! Si alguien os molesta, ¡llamad a la policía!, pero no andéis fastidiando a los demás, porque entonces seré yo, personalmente, el que os tire macetas enteras, ¿entendido?

Capítulo 5: por el culo se la hinco.

             La conversación fluye en estos términos mientras mi corazón está al borde de la taquicardia. Me siento como un asesino comiendo en la misma mesa que su perseguidor. Los granujas ya están completamente convencidos de mi inocencia cuando me señalan el piso que pensaban que era; en un alarde de estupidez, señalaban el tercero y, contando el bajo como un primero, pensaban que se trataba del cuarto. Yo sigo dando pistas falsas, mirando para arriba como si todavía existiera algún riesgo de que cayese otro proyectil. Conforme hablo, noto cómo me voy convirtiendo en el cabecilla de la banda, cómo lidero la investigación de los misteriosos lanzamientos acuosos; siento que quieren ser mis amigos, subir a mi piso, conocer a mi novia; desean invitarme a su próxima parranda, compartir confidencias, que les cuente que era yo desde el principio el que les bombardeaba, que he interpretado el papel de madurito enfadica pero que, en realidad, me estoy descojonando de ellos en su puta cara.

Capítulo 6: mucha mucha policía.

             Pero no: cuando me empiezo a sentir cómodo en aquella posición de malvada superioridad y la diversión está llegando a su fin, aparece la policía. Vienen con casi quince minutos de retraso, por lo que me alegro especialmente de que los gamberros no me hayan reventado la cara a puñetazos. Charloteo, guirigay, pim-pim, pam-pam. Le digo a los idiotas que si no saben quién les ha tirado el globito no jodan llamando a los telefonillos, que la luz no es prueba de nada, ya que mi novia no me había dejado salir a la ventana por si pensaban que había sido yo; noto que ellos no reparan  en que se supone que, cuando bajé, “mi personaje” no sabía que nadie estaba tirando nada, por lo que hay una incoherencia en mi propio guion (palabra que ahora va sin tilde), y pienso: ¿no se han dado cuenta de esto? Valoro, de manera algo más justa y, sin duda, científica, que son unos gilipollas.

Capítulo 7: final.

Subo a casa y me pongo a escribir una nueva entrada en el blog.