tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

30 ago 2012

Portales.


Los portales. Los portales en los que tanto has esperado, en los que te has desesperado, en los que todo se detuvo. Ahí debajo, a tiro de cancela, de telefonillo, ese portal. Ese portal doméstico y vecinal, alevoso y nocturno. Ese portal de invierno, portal con guantes, con bufanda, y el frío, la soledad del frío, el frío de la soledad; el reloj, las ganas; el ascensor que baja y que no es, la luz común para cualquiera y nadie.

Los portales, los portales en los que esperar,  en los que te esperan. A los que ya no vas, por los que no pasaste; los portales algunos de los que todavía no te has ido. Ese portal, difuminado de melancolía, lejano, diminuto, ese portal, que no pertenece ya a un lugar sino que es de una época.

El portal, el beso de portal. Ese beso. Todos los besos de portal son el mismo beso, la misma boca, la repetida, eterna, insaciable y vasta sed que no se va, que siempre se acumula. Ese beso eterno de portal, el beso inacabado. En el frío portal, el lento beso. Las mejillas, el cuello, la saliva; las manos que intentan sostener el tiempo, el abrigo incesante y la secreta piel, toda la piel. El portal, el beso, tú.

Los portales, su mitología. Su alrededor, los coches aparcados con esa resignación medioburguesa, con la postura al ralentí, sentados sobre las ruedas a tiro de oficina. Las papeleras, los plátanos de sombra, la bomba contra incendios.

Las más heroicas gestas de amor han naufragado en un portal. Las palabras más dolorosas, las más preciosas mentiras. El más daño, más mayor que el mayor, más doloroso.  El daño todo. Aquel portal. Ninguno.

20 mar 2012

María


   Llovía a mares. En la tele, no en la balconada de mi apartamento: agosto, Alicante, las cuatro de la tarde. El sol se entrometía entre los laterales de las gafas con denodado ahínco, suavizado por un matizada brisa que acompañaba a la sombra. Acababa de comer, la tarde pedía siesta. Y apareció mi hermano.

–¿Conoces a María? –interrumpió.

Quise bromear.

–Ahora mismo no le pongo tetas.

No se rió: ya se conocía mi respuesta.

–Es la de este verano –insistió–, la última.

Me incorporé. Le pedí más información. Que me explicara.

–Ligeramente alta, moderadamente guapa –respondió–. Algo tosca quizá, quizá algo… redundante.
–Pero ¿es de por aquí? –inquirí.

–Psé, quién sabe. Lo que sí te digo es que es fresca y movidita. Facilona, de las que te gustan a ti… De las que no es de nadie aunque parece de cualquiera.

–¿Efímera quizá? –sugerí.

–Eso sin duda –respondió, mientras se le dibujaba media sonrisa–, eso sin duda. Y sin duda la conoces, a ver: no es ni alta ni baja, parece ser sensual, puede que tímida o, si acaso, lentamente huidiza.

–¡Podría ser cualquiera!

–Podría –insistió–, pero sólo es una. Algo ligera sin llegar a ser frágil, habla mucho y también fanfarronea. Dice y dice y se desdice, cuenta cosas. Usa la palabra amor, la palabra suave, conjuga torpemente algún gerundio. Cae en los epítetos de siempre porque siempre le funcionan. Y si atiendes, o si pretendes atender, entre tanto ritmo apenas dice nada.

–¿Pero se puede saber de quién me estás hablando? –Me rendí.

–¡De la canción del verano!

–Calla, calla, calla –entendí, y quise rematar la escena con un último juego de palabras, así que le miré, burlón, desafiante, descarado:

–Me suena.

                                           [Foto: Daniel y Javier, Japón, agosto 2011. Autorretrato para calle con espejo]



2 mar 2012

El Cortinglés


    A veces, mi madre va a comprar al Cortinglés.

–Voy al Cortinglés –dice. Y luego vuelve con bolsas de plástico del bueno, para la nieve, y algo de ropa de mayores, una chocolatina...

     El Cortinglés es un eficicio alto y grande y descomunal que hay en Castellana. Es como una gigantesca caja de regalos, tan bonita, que en Navidades se ilumina. Dentro hay todo lo que se pueda imaginar, todo lo necesario: juguetes, todo.

    Las personas van caminando por unas carreteras de comprar, y se paran a mirar durante mucho rato. Luego siguen. Se paran. Siguen.  Qué pesados. No me gusta ir a comprar, pero hay cosas muy bonitas.
Hay una habitación muy grande llena de ropa de padres, colgadas en una percha, como en el armario de mi casa. Perchas y ropa, ropa sin perchas, perchas sueltas. Y una escalera de metal que se esconde en el suelo y que nunca se detiene.

    La escalera hace un ruido lejano de lavavajillas mientras que los mayores miran la ropa igual, con perchas o sin ellas. Yo miro a los mayores que miran la ropa y miro las perchas y ellos me miran mientras la escalera no deja de subir a ningún sitio.

    Hay corbatas, corbatas de colores. En ramillete, las corbatas. El color de una corbata me llega por la nariz, me huele a rojo una corbata entre corbatas rojas, y escucho el amarillo.

    Junto a los abrigos, hay un bosque con ardillas que trabajan allí; no estoy seguro.

    El Cortinglés de Castellana, donde mi madre va a comprar porque está todo, los juguetes, las perchas, las ardillas, las escaleras que llegan siempre igual con su olor a lavavajillas y a metal, con su sonido de plata.






21 feb 2012

Lo de uno





Diría que el tiempo me ha vuelto algo apolítico, descreído, desconvocado, y en realidad no. En realidad lo que me pasa es que me niego a renunciar a ciertas convicciones que la suma de experiencias vitales ha ido –e irá– puliendo, sólo porque la línea ideológica con la que más me identifico no las contempla, y renuncio a manifestar esas convicciones porque he detectado que en España hay una ideología vastamente arraigada, y es la de la irracional intolerancia hacia cualquier cosa que no sea LO DE UNO.


19 feb 2012

Greguerías, I



Templar bien el agua del baño es como preparar un buen té.

La linterna del acomodador nos deja una mancha de luz en el traje.

La magia se ha perdido: ¡ya hay zapatos de cristal para todos los pies!

La plancha parece servir café a las camisas.

¡Qué dura le ha salido la barba al erizo!

El hielo se derrite porque llora de frío.

El beso es una nada entre paréntesis.

La arquitectura árabe es el agrandamiento del ojo de la cerradura.

Las básculas marcan las doce en punto.

Venecia es el sitio en que navegan los violines.

Suerte excepcional  es la de esa columna que ha quedado en pie en medio de la ruina de los siglos.

Cuando hemos sentenciado a muerte a la mosca, parece que se da cuenta y desaparece.

Hay suspiros que comunican la vida con la muerte.

En los del telégrafo quedan, cuando llueve, unas lágrimas que ponen tristes los telegramas.

La vida es decirse ¡adiós! en un espejo.

Al ombligo le falta el botón.

Los que fechan cualquier cosa con números romanos son unos MMMEMOS.

El ciervo es el hijo del rayo y del árbol.

La T está pidiendo hilos de telégrafo.

Hay un día al año en que ponen bombillas nuevas a la luna.

Las lágrimas desinfectan el dolor.

(Ramón Gómez de la Serna)

7 feb 2012

La respuesta.


   Durante años, la respuesta correcta de a quién quieres más, a Papá o a Mamá, era algo así como “a los dos igual”. Lo escandaloso, pensaba yo, no era la respuesta en sí, sino que se pudiera juzgar “lo respondido” en términos morales, que se afirmara que una opinión libre a partir de una pregunta tan relativa pudiera ser correcta o incorrecta.

   Tretas pedagógicas, supongo. Cuando se es joven, no sólo no se sabe nada, sino que apenas se sabe lo de que no se sabe. La madurez no es tanto el momento de saber como el tiempo donde empiezas a medir tu propia ignorancia. Y a pagar facturas. Y a perder pelo. Y a dejar de tener “ese tipín”.

   Madurar. Morir, al fin y al cabo.

   Y encadenar nuevas preguntas que nos encuentran buscando alternativas, eufemismos, requiebros, logaritmos con tal de no asumir la verdad, la realidad, la cosa.

   Porque la verdad duele, y a nadie le gusta ese dolor. El dolor duele, por eso la mentira. La actuación, la hipókrisis, la cívica piedad de lo correcto.

   Han pasado los años desde que en más de un tobogán me preguntaron a quién quería más. Han pasado los años, de par en par, como un ventanal de tiempo. Se han dejado pasar inútilmente, necesariamente, implacablemente, hacia el abismo.

   Y sigo sin respuesta.


2 ene 2012

Las descansadas artes del plagio.


El plagio: ese tema. Fácil obsesión donde se mezclan intertextualidad y vanidad, y algún hijo de puta.

La historia de la literatura abunda en plagios. No, la Historia de la Literatura. Las artes, en general, siempre tan expuestas, siempre tan alegres.

He sido plagiado. Alguna vez, no muchas: no molo tanto. Pero he sido. Lo puedo decir alto, esdrújulo, pedante: he bebido del amargo brebaje (redundancia) del hurto (¿hurto?) intelectual (vengaaa…), me han incendiado el ánimo, he sido muerto. He querido coger un extintor y golpear a un ser humano más grande y menos grande que yo, un extintor rojo y pesado, así: pim, pam. Que las palabras se quedan cortas para decir todo lo que siento y que mi chiste es lo más bonito del firmamento. Vivir. Odiar. Ya pasó. Ea. Ea.

Las descansadas artes del plagio (Borges), esa manera de reptar por los peldaños del éxito. Ese pisoteo. Infame turba de nocturnas aves (Góngora), hemos vivido hasta acabar traidores (Piera), esto ya no es amar sino caer (Rosales), y mi palabra es putada (Full metal jacket).

Sin embargo (¿sin embargo?), el plagio y la violación comparten la misma esencia: pocos reconocimientos son más sinceros.